viernes, 4 de diciembre de 2009

Este cuento tomado del libro El aldabon del sueño (eskeletra 2004), aborda el tema de la ciudad, particularmente de una ciudad como Quito, tan tortuosa y compleja como su topografía, y con esa cara oscura que tienen las ciudades, aquellas con una historia secreta que se remonta a miles de años antes de ser reconocidas y fundadas por la historia oficial.
Ahora que estamos en las fiestas de la supuesta fundación por los españoles, quienes conquistaron nuestros pueblos a sangre y fuego y a golpes de pecho y azote de rosarios, Quito presenta una más de sus máscaras, violenta y a la vez aspirante a suscitar y redescubrir hechos artísticos y culturales, una ciudad mestiza cuya radiografía revela conflictos internos que no llegan a tocar fondo y no encuentran la raíz de una melancolía expresada en sus pasillos lastimeros y en el alcoholismo embrutecedor que busca con actos fallidos conjurar las maldiciones de los antiguos dioses. Será por eso que las fiestas de fundación de Quito son, cada año, ahogadas en alcohol y violencia?...



A LA HORA DE LA SIESTA

El bus repleto de pasajeros se detenía en cada cuadra, avanzó por lo tanto, muy lentamente en medio del pesado tráfico de esas horas del día. Con todas las ventanillas cerradas, el tufo era insoportable y uno terminaba aturdido, buscando alguna manera de distraerse. Me puse entonces a escuchar la voz de una mujer que hablaba con alguien en el asiento de atrás. Tan sólo dos veces en ese trayecto hacia mi trabajo había escuchado el timbre masculino, ella hablaba todo el tiempo: en diez minutos le contó su vida, le habló de la política del país, de la situación de las mujeres con respecto a la de los hombres, de la gente de la Sierra con respecto a la de la Costa, en fin, era intermina­ble. Cuando me preparaba a bajar en la parada, el hombre pidió su número telefónico y ella se lo dio dispuesta a prestarle ayuda en caso de necesidad.
Me quedé pensando en sus últimas palabras. Apenas podría describirlos, antes de echarles un vistazo había tratado de llenar un rostro alrededor de cada voz, después encontré que no estaba lejos de la realidad cuanto mi mente había imaginado sin mirarlos. La mujer llevaba lentes, de pelo oscuro, tendría alrededor de sesenta años. El hombre, unos treinta y siete, de rostro agradable, llevaba una gorra y un saco grueso de lana.
El diálogo había empezado así:
- Usted ¿de dónde es?
- De Manabí.
- Llegó recién?
- Sí.
Y siguió el monólogo de ella:- Es una provincia que tiene de todo. Lo malo es que la gente no se dedica a trabajar. ¿Usted es casado? Yo, no soy casada-. Contestó ella misma, sin esperar respuesta. El debió haber hecho algún movimiento vago con la cabeza, porque no escuché una sola palabra- Somos siete hermanos, cuatro casados y tres solteras. Yo no me casé, porque no me convencía el matrimonio. Las pobres mujeres tienen que aguantar todo al marido. Vi a mi mamacita trabajar tanto para servirle a mi papá, él era terrible, nosotros le teníamos mucho miedo.
Una vez en la calle, pensé que el diálogo, más bien monólogo, que había escuchado concluiría cuando uno de los dos descendiere del vehículo. Tal vez no volverían a verse, pero él había pedido su número de teléfono, así que posiblemente esa relación continuaría. Algo me decía que mientras la mujer hablaba, resbalando en ese monólogo interminable, él cazaba palabras o frases que le parecían interesantes, urdiendo con ellas un plan que a la larga podría salvarlo o al menos sacarle de apuros. Provinciano recién llegado a la capital, pensó en esa mujer vieja como en una tabla de salvación. Fue fácil que ella le diera el número telefónico y hasta la dirección. En su soledad, vaya a saber los castillos en el aire que se construía mientras ella narraba su vida y le hacía confidencias a viva voz. Sonreí y luego casi olvidé las palabras que había escuchado, los rostros que apenas miré unos segundos, se desvanecieron al cruzar la calle.
Una semana después cuando salía para tomar el bus hacia el trabajo, sentí alguna pesadez en el ánimo, la rutina diaria interrumpida los fines de semana para estar un poco con la familia, leyendo algún libro o saliendo a ver una película, hacía que el inicio de la semana fuese particularmente desagradable.
Generalmente los lunes llegaba atrasada a la oficina y me sentaba a la máquina, odiando a toda la gente que compartía conmigo esas horas de tedio, despreciando sobre todo al hombrecillo que fungía de jefe, en un principio éste había tratado de hacerme la vida imposible, pasando después a ser un mueble más de aquel escenario donde malgasté veinte años de mi vida. Qué es lo que uno puede hacer en esos casos sino buscar una manera de escapar: unos eligen la intriga burocrática, otros se dedican al comercio de baratijas, o a inventar romances entre fulano y zutana, todo esto para sacarle alguna utilidad al tiempo u obtener algún beneficio personal. Yo fui un poco más original, elegí una puerta secreta para escapar todas las tardes.
Me costó mucho trabajo obtener la llave de esa oficina de archivos, pero logré finalmente el privilegio de introducirme a esa habitación cada tarde, durante dos horas. Suponían todos que me pasaba sumergida como un ratón entre los miles de carpetas que llegaban al cielo raso, archivando documentos en aquella bodega. Pero mi costumbre era entrar allí con el diario bajo el brazo, disponer las carpetas en el suelo, adecuándolas en una especie de lecho y colocar las guías telefónicas a manera de almohada, me recostaba entonces, y leía el diario hasta quedarme dormida. La siesta duraba exactamente una hora y media, despertaba justo a la hora en la que todo el mundo se arreglaba para salir a casa.
Cada tarde cruzaba esa puerta con el diario bajo el brazo. Un día llevé, por obra de alguna misteriosa razón, uno de aquellos periódicos que tienen las fotos de los suicidas o de los asesinados en primera plana. Cuando ingresé en mi oficina particular, una vez acomodada en la improvisada cama, miré la enorme foto a todo color y reconocí con asombro el rostro del personaje que había visto tres días antes en el bus. Tenía puesto el mismo saco y gorra, sus rasgos eran iguales al del pobre hombre cuya voz escuché dos o tres veces entre el palabrerío de la mujer que estaba a su lado.
Ávidamente leí lo que seguía bajo el título: ASESINADO Y DESCUARTIZADO… Un hombre presumiblemente costeño, por la carta encontrada en su bolsillo, fue hallado sin vida y con los miembros inferiores amputados, en un basural de La Recoleta. Con repulsión y espanto arrojé lejos el inmundo periódico. No podía creerlo. Por qué maldita razón, ese día me había dado vuelta para mirarlos. Ahora tendría que reconstruir la historia, de otro modo no podría vivir en paz con ese rostro terriblemente silencioso rondándome el sueño. Desde esa tarde se terminaron mis pacíficas siestas, dedicando esas dos horas diarias a reconstruir el crimen.
Entraba diariamente a mi oficina, llevando diversos materiales: derecho penal, estudios sobre conducta delictiva, los números subsiguientes del diario que me robó la dulce monotonía de las tardes y hojas en blanco par graficar mi versión del suceso. Era tan apasionante mi trabajo, y tal debió ser mi actitud concentrada y diligente, que empecé a despertar sospechas en mis compañeros burócratas, seguramente olfatearon cierta actividad inusual en mí, propagándose la alarma en el gallinero. Sin embargo me sentía más allá del bien y del mal, me había ganado el derecho que se da a los enajenados y a los santos, a no ser molestados. Pronto se agotó la novedad y mi andar ligero por los pasillos, volvió a ser parte de la rutina, porque después de las sospechas vinieron las miradas burlonas, los cuchicheos y las risitas. Cuando vieron que no había razón para preocuparse, ni movimientos que pudiesen revelar la posibilidad de ascensos o de cambios en el orden del gallinero, volví felizmente a pasar desapercibida y dejaron por fin de mirarme.
Pasé a recrear la historia de este caso, partiendo del momento en que el hombre le pidió el número telefónico y ella se lo dio, insistiendo en ayudarlo si era necesario. Luego, él debió haber llegado hasta la parada frente al parque, seguramente para realizar un trámite en el Seguro Social, ella por su parte habrá seguido su rumbo con cierta esperanza brillándole en los ojos. Al cabo de una semana, el ahora occiso la habrá llamado por teléfono, seguramente le habló en esa ocasión para ir a visitarla a su casa en el barrio de El Tejar. La presunta homicida y su hermana lo habrán invitado a un cafecito. El provinciano habrá conversado entonces de su difícil situación y tal vez les pidió un préstamo. Ella seguramente accedió a darle el dinero, lo habrá mirado complacida y quizás en ese momento le propuso venir a su casa para el domingo siguiente a la hora del almuerzo, él habrá aceptado gustoso y sin duda pensó entonces que podría contar con la veterana para salir de apuros. Al dejar esa casa aquel día, debió sentirse feliz, quizás se fue silbando una tonada y luego de juntarse con algún amigo, habrán ido a festejar en una picantería, donde seguramente "se bajaron algunas cervezas" y la remataron yendo a un burdel para divertirse.
El domingo posiblemente pasó el día en casa de la mujer, esa vez habrá recordado un poco las visitas de fin de semana en su pueblo a la tía Meche, simpática y risueña como ella. La vieja habrá contado anécdotas de su familia, como lo hizo anteriormente, esta vez hasta es posible que le haya hablado de sus enamorados de juventud, de sus decepciones y quizás de sus deslices. Se habrá reído entonces con una risa seca y ronca, y él sin poder evitarlo habrá sentido escalofríos.
La bruja para entonces, tuvo probablemente todo dispuesto para el sacrificio de esa noche: la ceremonia ensayada, el altar con sus fetiches y el instrumental para el culto, además de la bebida, un menjurje preparado tal vez con hongos, cactus, algo de floripondio con ayahuasca y una pizca de raíz de mandrágora que pudieron haber atesorado como reliquia desde hace mucho tiempo.
Borracho, el hombre se habrá dejado conducir a la habitación para ser desnudado, y allí entre las dos harpías despojadas también de sus ropas, le habrán dado a beber la pócima y seguidamente efectuado una danza frenética para consumarla en el ritual de la fornicación. El hombre habrá lanzado un alarido al desplomarse sobre el estrado y allí, piernas y brazos extendidos, las dos hermanas, habrán ejecutado finalmente el espantoso acto de su desmembración.
Una vez despejada la incógnita del crimen y convencida de que ese desenlace encajaba perfectamente con los antecedentes, una sensación de alivio me vino luego de haber terminado la tarea, y para que mis elucubraciones tuvieran algún destino, envié la historia reconstruida en dibujos y gráficos que tuve la minucia de elaborar, para nutrir el sangriento periódico con esta suculenta historia.
A partir de ese momento, mi actitud con los demás compañeros dio un giro apreciable, me volví más comunicativa, dejé de encerrarme en la oficina de archivos e incluso me sumé en algún momento a la novelería de probarme los anillos y bagatelas que llevaban para vender. Sentí con alegría que empezaba a formar parte del rebaño, de sus mezquindades y veleidades, era tan medianamente humana como cualquier burócrata ordinario, y por primera vez desde hace mucho, me alegraba caminar entre la gente por la calle, a horas en que todo el mundo entraba y salía del trabajo.
Un día, dirigiéndome a la oficina trepé, como lo hacía a diario, a ese mamotreto que me servía de vehículo, asumiendo casi alegremente la misión que la vida me había encomendado, sintiéndome ligera y sin pedir nada más que esa especie de felicidad de poder aceptar las pequeñas cosas y de sentir simpatía por la gente que me rodeaba. Me acomodé en el asiento de adelante para escuchar el discurso del vendedor de medicamentos naturales, convencida de las bondades del producto. Después no escuché más nada, me quedé un instante en blanco, alejándome del mundo por unos segundos. De pronto, y como desde el fondo de un abismo me llegó la voz agrietada.
- ¿De dónde viene usted? Ah, de Loja, linda ciudad. Yo estuve alguna vez en Loja porque mi mamita era de allí.
Como si me hubiera despertado un terremoto miré la calle atestada de vehículos y la gente como una hilera de hormigas caminar por las veredas. No quise escuchar la continuación de ese monólogo tan conocido. Sin volver la cabeza descendí precipitadamente del bus y caminé desbocada, huyendo del infierno, que al cruzar el umbral de la pesadilla me vería obligada a desarchivar.

Por Yvonne Zúñiga (favor difundir el blog)

domingo, 15 de noviembre de 2009

Yvonne Zúñiga nació en Quito. Egresada de Lengua y Literatura. Ha publicado: Minuto al Hombre (poemario), 1983. Eslabón que une los tiempos (cuentos) 1998. Ciudad cardíaca, (poemario) 1999. Primera edición de El aldabón del Sueño (cuentos), ed. Eskeletra, 2003. El caballero de los pies gastados (biografía novelada) 2006, Juvenil, Norma. Al son del agua larga (biografía de la folklorista Petita Palma), Banco Central, 2008. Casi Mágica (novela corta fantástica) Juvenil, Mirlo editores 2009. Poemas y cuentos suyos fueron publicados en varias revistas literarias. Artículos sobre literatura, educación y sociedad, en revistas y diarios ecuatorianos. Dirigió talleres de Arte y Literatura para niños y jóvenes. Talleres de historia oral para adultos mayores.
Este cuento fue publicado en el libro: El aldabón del sueño, Ed. Eskeletra, 2003.

POLIEDRO

Era una ciudad de casas enormes con largos pasillos laberínticos, habitaciones perdidas y oscuros callejones que terminaban en descampados donde se cometían abominables crímenes. En sus avenidas circulaban los grandes y pequeños autos, que vistos desde el aire daban la sensación de eludirse, perseguirse y como en un juego electrónico, a ratos, atravesarse y estrellarse provocando enormes embotellamientos. Las estaciones de trenes eran el refugio para hambrientos y desocupados, el modus vivendi para toda clase de bichos marginales que obstaculizaban el paso e iban en contracorriente de ese río humano que marchaba rabiosamente de lunes a sábado hacia su desesperada rutina.
En este territorio asimétrico vivían seres exasperados, el temor les había hecho construir edificios a manera de cajones grises con diminutas ventanas donde se guardaban con llave a sí mismos todas las noches.
Las autoridades y toda la población vestían de negro o de gris, en una especie de consenso nacional el rojo así como otros colores de tono subido eran rechazados por el conglomerado social. Los obispos habían ordenado en sus homilías, que todos los pecadillos fuesen bien guardados por los feligreses en sus cajones, de modo que si se llegara a escuchar en la noche el aullido de los torturados, habría que cerrar las persianas y ponerse tapones en los oídos. Una vez en sus escondrijos, encendían una cajita mágica y luminosa, que hacía olvidar sus más íntimos temores, de esta manera podían morderse las uñas, mirando películas de temas escabrosos: crímenes aberrantes, violaciones, secuestros; se deleitaban viendo en la pantalla de sus cajitas, programas grotescos y fantoches humanos poniendo sus traseros en primer plano, así por lo menos algunos atontados podían reírse como hormiguitas y aplaudir excitadísimos. Uno que otro se tapaba un ojo y perdíase en los pasillos conventuales con malignas y perversas intenciones.
Afuera había gente que sufría mucho, y los hambrientos cada día eran más. Los gobernantes y los empresarios festejaban sus acuerdos y negocios entre grandes y copiosos banquetes o se debatían en luchas enconadas por tomar las riendas del poder y acomodarse en puestos claves.
El pueblo hambriento empezó a moverse en grandes mareas humanas porque se hablaba de la inminencia de un milagro. Se corría la voz de que un ovni bajaría a cierta explanada y se llevaría a la multitud a un planeta donde todo era perfecto, organizado y se respiraba felicidad. Pasaron la noche mirando hacia arriba y después de varias falsas alarmas, nadie llegó. Enfurecida, la poblada despedazó el lugar y sus alrededores. Luego fueron a otro parque donde se decía: iba a llover billetes que recogerían a manos llenas, pero no llovió, y la multitud quemó el parque y las casas circundantes. Después llenaron un estadio porque iba a presentarse un hombre de voz portentosa, que con solo un sonido desterraría todo el sufrimiento de este mundo. Pero nada cambió, más bien podríamos decir que empeoró la situación, cuando la gente empezó a robar, matar y delinquir.
A una cuarta plaza, arribó desde lejanas tierras, un extraño ser vestido de blanco, era una suerte de vestal coronada de flores, de cara rubicunda y labios pintados de rojo, al levantar sus velos, exhibía un doble sexo que deslumbraba y enceguecía a las multitudes, blandía en su mano una varita y emitía una frase cabalística que sonaba como un chasquido, un abracadabra que hacía ruborizar al más osado de los seductores de aquella comarca. Este ser excepcional había venido para ofrecerse en cuerpo y alma al presidente, al general y al obispo, brindándose generosamente para detener los augurios de catástrofes que se avecinaban. Pero ellos, a pesar del brillo acuoso de sus ojos y de sus comisuras labiales, ordenaron al ejército y a la turba, apresar y condenar a la pena capital, a la gran cotesana que provocaba de ese modo a las autoridades. La gente cansada de tanta miseria y atropello, no obedeció la orden, sino que empezó a perseguir a los tres grises uniformados, quienes salvaron milagrosamente sus vidas.
Más tarde se ordenó que todos los parques, plazas, estadios y explanadas, fuesen ocupados por los tanques y el ejército, a fin de "salvaguardar el orden". En un nuevo intento, la muchedumbre ocupó y pobló los parques, edificios, monumentos y tanques de guerra. El último reducto de los gobernantes humeaba en el cielo gris de esa geometría infame, acentuándose el perfil sombrío de los edificios, mientras las cenizas, los gritos y disparos se esparcían con el viento.

Bs.As. 1988

martes, 22 de septiembre de 2009

CÉSAR DÁVILA ANDRADE

Cómo entender al poeta cuencano, que no encontró asidero en ningún lugar, no sólo me refiero al lugar físico. En su permanente destierro, las infinitas búsquedas lo consumían espiritualmente y esa impronta fue el origen de un habitar poético en el mundo, y en el único oficio que dio sentido a su no muy largo espacio de vida.

Recordemos a César Dávila Andrade en la arquitectura poética que construyó y que sobrevivirá siempre. Es el destino de los grandes poetas.



TAREA POÉTICA
(Poemario: Materia Real)

Dura como la vida la tarea poética,
y la vida desesperadamente
inclinada, para poder oír
en el gran cántaro vegetativo
una partícula de mármol, por lo menos,
cantando sola como si brillara
y pinchándose en el cielo más oscuro.

Atravesábamos calles repletas de sal
hasta los aleros, y la barba
se nos caía como si sólo hubiera estado
escrita a lápiz,
Pero la Poesía, como una bellota aún cálida,
respiraba dentro de la caja de un arpa.

Sin embargo, en ciertos días de miseria,
un arco de violín era capaz de matar una cabra
sobre el reborde mismo de un planeta o una torre.
Todo era cruel,
y la Poesía, el dolor más antiguo,
el que buscaba dioses en las piedras,
Otro fue
aquel terrible sol vasomotor
por entre las costillas de San Sebastián.
Nadie podrá mirarte como entonces
sin recibir
un flechazo en los ojos.



EN QUÉ LUGAR
(Conexiones de Tierra)

Quiero que me digas; de cualquier
modo debes decirme,
indicarme. Seguiré tu dedo, o
la piedra que lances
haciendo llamear, en ángulo, tu codo.

Allá, detrás de los hornos de quemar cal,
o más allá aún,
tras las zanjas en donde
se acumulan las coronas alquímicas de Urano
y el aire chilla como jengibre,
debe de estar Aquello.

Tienes que indicarme el lugar
antes de que este día se coagule.

Aquello debe tener el eco
envuelto en sí mismo,
como una piedra dentro de un durazno.

Tienes que indicarme, Tú,
que reposas más allá de la Fe
y de la Matemática.

¿Podré seguirlo en el ruido que pasa
y se detiene
súbitamente
en la oreja de papel?

¿Está, acaso, en ese sitio de tinieblas,
bajo las camas,
en donde se reúnen
todos los zapatos de este mundo?




OBRAS
(Materia Real)

Esos obreros malditos han comenzado a perforar
el cielo esta mañana; pero no saben
de las astucias del Otromundo
para la síntesis y la analogía, y desconocen
asimismo el vasto olor de vaca
del Cuarto Espacio.
La máscara altiva del Océano transporta
sabor de telaraña.
Bruñidas destilaciones serpean la Rama
en busca del nudo solar de los jugadores
devorados por la pelota.
Da la vuelta, cuero de hombre, para rebotar.
El bullicio en el hoyo del oído dura hasta
permitir que el sudor atraviese
el ojo del caballo.
Nada
allá se consagra sino por las derrotas de Sí Mismo,
y todo irradia por el insecto
que suena mientras
hacemos porvenir
en la cama.
Torre de marfil, Casa de Oro,
esos obreros malditos tocan la puerta:
abridles el pantano;
sus manos rasgan el papel que suena
en la cabeza del murciélago
y no toca nada aunque toda la noche y el cielo
volteen sin cesar.



PROFESION DE FE
(Materia Real)

No hay angustia mayor que la de luchar envuelto
en la tela que rodea
la pequeña casa del poeta durante la tormenta.
Además,
están ahí las moscas,
veloces en su ociosidad,
buscando la sabor adulterina
y dale y dale vueltas
frente a las aberturas del rostro más entregado
a su verdadera cualidad.
El forcejeo con la tela obstructiva
se repliega en las cuevas comunicantes del corazón
o dentro de la glándula de veneno del entrecejo
cuyos tabiques son
verticales al Fuego
y horizontales al Eter.
Y la poesía, el dolor más antiguo de la Tierra,
Bebe en los huecos del costado de San Sebastián
el sol vasomotor
abierto por las flechas.
Pero la voluntad del poema
embiste
aquí
y
allá
la Tela
y elige, a oscuras aún, los objetos sonoros,
las riñas de alas,
los abalorios que pululan en la boca del cántaro.
Pero la tela se encoje y ninguna práctica
es capaz de renovar
la agonía creadora del delfín.
El pez sólo puede salvarse en el relámpago.

……………………..

viernes, 3 de julio de 2009

EN MEMORIA DE JORGE ENRIQUE ADOUM, FALLECIDO EN QUITO
3 DE JULIO DE 2009.
La entrevista fue realizada en el 2007

ENTREVISTA A JORGE ENRIQUE ADOUM

En esta entrevista con Jorge Enrique Adoum, la voz del escritor se remonta en primer lugar a los recuerdos de niñez y juventud. A los 18 años conoció a Pablo Neruda y trabajó como su secretario, teniendo como fondo el escenario social chileno de aquel momento. Luego de esos tres años de intensa experiencia junto a Neruda, de regreso al Ecuador, recorrió un camino propio, vasto, y pleno de vitalidad poética. Trabajó en varios géneros literarios: poesía, teatro, novela, ensayo y asumió, en esa tarea incansable y maravillosa, su profundo compromiso con la Literatura y una posición lúcida en las encrucijadas del drama humano y social de nuestros pueblos. Poemas de largo aliento como: El amor desenterrado, Tras la pólvora Manuela, Sobre la inutilidad de la Semiología, revelan la maestría de Adoum, la fuerza luminosa de su palabra en la construcción de los versos. El viaje asombroso por el paisaje humano recorrido durante su vida trashumante nos aproxima al territorio del arte y de la historia cercana aún, en la lectura de su libro, De cerca y de memoria. Jorge Enrique Adoum destaca, no sólo por su producción poética sino por su magnífica obra narrativa. Entre Marx y una mujer desnuda, figura entre las novelas fundamentales latinoamericanas de ficción. La obra extensa y magistral de Jorge Enrique Adoum lo hace merecedor de un lugar excepcional entre los mayores exponentes de la Literatura en nuestro continente.

-¿Cuál es el recuerdo más lejano de su niñez?

Tengo un recuerdo remoto de cuando tenía tres años, tal vez menos… estoy en casa de mi abuela con mi madre, que lloran desesperadamente porque un hermano mío se iba a los Estados Unidos; las veo nítidamente a mi madre y a mi abuela, abrazadas llorando y a mi hermano con un abrigo negro, doblado al brazo, que bajaba las escaleras. El llegó a los Estados Unidos justo para la crisis del 29, y cuando lo fui a conocer, prácticamente, cuarenta años después, me dijo, que lo que le salvó la vida entonces, fue la distribución de sopa que hacían para los pobres, en determinadas esquinas. Vivió mucho tiempo en ese país como si no existiera, porque estaba ilegal, sólo después de la demanda al estado de Nueva York, hecha por un hijo suyo que peleó en la guerra del Vietnam, pudo circular normalmente. Éramos siete hermanos, dos medio hermanos, hijos del primer matrimonio de mi madre y cinco del segundo Y resulta que yo he enterrado a mis seis hermanos. Soy el segundo de los Adoum.

-¿Su padre también fue escritor?

Mi padre fue un caso dramático, de búsqueda y hallazgo de su destino. Él era libanés, en un período en el que Líbano estaba dominado por los turcos y había un protectorado francés. Como era nacionalista, llegó un momento en que le persiguieron las tres autoridades: turcas, francesas y libanesas. Poco hablaba él de su vida, alguna vez dijo que cruzó el Sahara a pie y me contaba también sobre el robo en el desierto, parece que desde entonces se usaba la frase “la bolsa o la vida” pues era costumbre, llevar el dinero en una bolsita en el pecho, y los que tenían experiencia acostumbraban a ponerse en lugar del dinero, una cebolla. Creo que tuvo un hermano medio pirata o qué se yo, que había llegado del Ecuador por casualidad, y como si fuera un cronista español, le había dicho a mi padre que en el Ecuador, -conocía sólo Guayaquil- se encontraba el oro en las calles. De este modo, obligado mi padre a exiliarse, vino a parar en Guayaquil. Él tradujo en los años treinta, recién llegado, una obra de Khalil Gibrán, Las alas rotas, y alguna otra que no recuerdo, y poco a poco fue llegando a las ciencias ocultas. Llegó a ser gran maestro Masón y gran maestro Rosacruz; fue ahí cuando empezó a escribir. Los primeros trabajos de edición que he hecho en mi vida fueron los trabajos de él. Escribía a mano en su consultorio y la noche yo tenía que pasarlos a máquina, hasta que me fui de casa. Entonces, mucha gente me ha confundido con él, sobre todo en Brasil donde fue muy conocido.

-Dejó el nido y se embarcó para Chile.

Yo me fui de casa a los dieciocho años. En una ocasión durante el almuerzo, mi padre nos hizo callar, diciendo que en la mesa no se hablaba. Yo pegué un puñetazo y le dije: ¡yo estoy harto de esta disciplina de cuartel!, es el único momento en que estamos juntos, el único momento en que podemos saber a qué aspira cada uno, qué le duele, qué sufre, qué quiere, estoy harto, le dije. Entonces si estás harto por qué no te largas, me contestó. Bueno, eso ya fue además, una cuestión de amor propio. Esa tarde me encontré con el que llegó a ser el amigo de toda mi vida, más que un hermano, que con un grupo estaba organizando un viaje a Chile. Del grupo, finalmente nos fuimos él y yo solamente.

-Encuentro con Pablo Neruda

Tuve una amiga que era secretaria o algo así, de La Alianza de Intelectuales de Chile, una vez le acompañé y me presentó a todos. En una ocasión fue Pablo, me lo presentaron; volvió a ir otra vez, pero claro, para mí él era el primer monumento literario que yo conocía, y con la diferencia de edad -él tenía cerca de cuarenta años-, no era posible el diálogo. Conocí a Angel Cruchaga Santamaría, a Juvencio Valle, a Nicomedes Guzmán, yo tenía dieciocho años. Y bueno, Pablo y otros, publicaban en Araucaria, me parece, o tenía otro nombre, no sé, y así comencé a ir a las sesiones. Allí se comentaba sobre algún libro nuevo, generalmente nos reuníamos en la librería Nascimento.. Después de muchos problemas que no vienen al caso, conseguí una pensión muy buena, que quedaba a una cuadra del partido comunista, en cuya planta baja y sótano funcionaba la imprenta donde se editaba el diario El Siglo. Supongo que Pablo iba a algunas reuniones, yo lo encontraba a veces en la esquina.
Luego se creó la librería en el mismo local del partido y empecé a trabajar allí. En eso estaba cuando Pablo acompañó a González Videla en su campaña electoral para la presidencia. Ya había publicado “Viaje al corazón de Quevedo” y otra obra que no recuerdo. En la universidad dio una conferencia “Viaje al Norte de Chile”, bellísima como toda la prosa de Pablo. En esa conferencia contaba cómo había ido con el candidato, a una reunión con los mineros del salitre. Pablo hacía un contrapunto insólito, con la canción nacional chilena que es muy hermosa: Y puro Chile es tu cielo azulado… y el peor castigo que tienen en su vida, los mineros del salitre, es el cielo azulado. …Puras brisas que cruzan también… Si ahí no hay brisa, porque no hay montaña y el mar está lejos…Un campo de flores bordado… Ahí no hay agua bordadora. A la salida se agolpó la gente en el hall, le abrieron paso, Pablo iba con autoridades de la universidad, yo me salí de donde estaba y fui a abrazarlo, entonces al abrazarlo me dijo. ¿Quieres hacerme de secretario? Encantado, contesté. Ven mañana a casa, entonces fui. A veces era todos los días, alguna vez me quedé a dormir, eran las veinticuatro horas con Pablo, salvo las giras y viajes. El trabajo tenía dos vertientes: la literaria, porque no creo que Pablo jamás haya aplastado una tecla de máquina. Escribía a mano con su tinta verde y yo tenía que pasar a máquina, no había fotocopiadoras, yo tenía que hacer copias para periódicos o revistas que había ofrecido como colaboración: cartas, discursos, ahí aparecía la rama política porque él era senador.

-En el Ecuador trabajó con Benjamín Carrión, en la Casa de la Cultura.

A mi regreso al Ecuador me quedé un tiempo en Guayaquil y luego fui a Quito y trabajé en la Casa de la Cultura junto a Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco. Yo era director de la editorial, me fui a China unos cuatro meses y cuando regresé, Benjamín Carrión, como siempre, adorable persona, me integró a trabajar en un diario que habían fundado con Alfredo Pareja Diezcanseco: Diario del Ecuador, donde tenía una columna de cuestiones sobre cultura, cine, teatro, literatura. Teníamos también Letras del Ecuador que era primero mensual, después bimensual, y Jorge Carrera Andrade la convirtió en quincenal, y había la revista Cultura que salía cada seis meses. Entonces yo corregía las pruebas de todo, y era muy exigente con la corrección

-¿Algunas personas hablaron sobre cierta influencia que pudo haber tenido de Neruda, en un comienzo?

Era absurdo escribir y más aún publicar cuando vivía veinticuatro horas en el universo de Neruda. Porque era su casa, su conversación, sus libros, mi trabajo con él. Claro, Ecuador amargo tiene su influencia. Aquí, Jorge Adoum Nerudiano, es como si Nerudiano fuera el apellido de mi madre, como si fuera un delito, como si los otros no tuvieran influencia de nadie. Yo me digo, y no es por defenderme, es objetivamente y con ejemplos: Beethoven frente a Mozart por ejemplo. Si una generación, o, el individuo de una generación no continúa hasta cierto momento lo dicho por la generación anterior; no habría una historia de la cultura, una historia de la literatura. Creo que me liberé con Los cuadernos de la tierra. Los antídotos eran: Whitman, Eliot , Maiacovsky. Decía yo, que si la poesía de Neruda podía compararse con un traje elegante, con encajes, brocados, bordados, había que buscar una poesía más cercana al hueso, Vallejo por ejemplo, en la que no hubiera esa riqueza metafórica que a veces, muy rara vez, olvida el tema y queda sólo la imagen. Ahora claro, Neruda es un monstruo gigantesco en la poesía universal, está traducido a todos los idiomas y todos le rinden homenaje y con razón. Aquí pues, nadie señala ninguna influencia, o sea que todos son originales; cada uno ha creado un sistema poético, y eso es absurdo en términos generales.

-¿Cómo fue concebida la novela: Entre Marx y una mujer desnuda? ¿Por qué eligió ese título?

Fue el resultado de tres intentos. Tenía un proyecto de novela que no era digno ni siquiera de Corín Tellado. En Pekín no pude, al comienzo, escribir: tenía demasiada tranquilidad (me sucedió como a quienes no pueden dormir por haberse mudado de casa tras haber vivido algún tiempo cerca de una estación de ferrocarril). Comencé, entonces, como en un tratamiento de autoanálisis, a sacarme, sin ninguna intención literaria, ciertos problemas que estorbaban desde la infancia. Luego llegó un amigo que me recordó el viejo proyecto abandonado de una biografía novelada de Joaquín Gallegos Lara. Esos tres componentes hicieron la novela. El título prentende significar un comportamiento o actitud equidistante entre la ideología y la intimidad. Hasta que Ariel Dorfman me preguntó si era preciso escoger entre los dos personajes no había advertido la ambigüedad del título.

-Háblenos de su poema: Tras la pólvora Manuela

Yo siempre he confesado mi amor por Manuela Sáenz, pero ante la
imposibilidad real que no puede salvar la poesía, hice un diálogo entre
Manuela y Bolívar. Yo soy el que habla por Bolívar, fue la única manera de
poder declararle mi amor, y mi resentimiento también. Hay tantas fábulas
sobre Manuela…; este autor que ha publicado las cartas, publicó ya algunas
en que por varias razones dicen que son falsas. El volumen de
cartas, no lo he visto, no sé si ha incluido las que él publicó aparte como
cartas inéditas o como cartas desconocidas… bueno, por la ortografía puede
ser que sean de ella.

-¿Era para usted una necesidad escribir De cerca y de memoria?

Sí. Me parecía casi una obligación de quienes han tenido mi edad y una experiencia similar, dejar constancia de sucesos relativos a la literatura y a personajes a quienes no conocieron por lo menos dos generaciones.

-En sus libros: Amores fugaces y Entre Marx y una mujer desnuda, hay momentos de intenso erotismo. ¿Cómo ve usted el erotismo en la Literatura?

Como un componente de ella, como cualquier otro sentimiento o actitud del ser humano, como el amor, el odio, la rebelión, la ternura o la venganza. Lo que detesto es la actitud de quienes creen haber descubierto el erotismo como tema único de su escritura y lo reducen a un catálogo de palabras groseras, vulgares, antiestéticas, a veces repugnantes, con lo cual se destroza la literatura que es, esencialmente, el tratamiento del lenguaje.

-Usted es una persona que siempre buscó el contacto con la gente ¿Qué significan esos momentos de estar solo consigo mismo, con la escritura y con la poesía

¿Me gusta estar a solas conmigo: me hago una buena compañía. Y una de las razones es, precisamente, la posibilidad de volver por entero a la literatura que constituye un inventario y balance del mundo y de uno mismo. Y, contra lo que puede parecer, es en esos momentos de aislamiento cuando uno está más cerca de los otros. La poesía pretende hablar por ellos.

¿Usted conoció de cerca a César Dávila Andrade, qué nos puede decir sobre él?

Yo creo que los países constituyen un pedestal para sus artistas, en el Ecuador, casi no se lo ve. Si César hubiera sido argentino, chileno, brasileño o mexicano, sería conocido en toda América y traducido a lenguas de Europa. Es un poeta extraordinario. Nos queríamos mucho, un día le regalamos un par de anteojos porque su miopía era casi ceguera, y comenzó a descubrir el mundo. Nos decía: ¿vos sabías que las moscas han sabido tener patas? Qué brutal, ¿no? Todos tienen pestañas. Ir a ver una exposición de escultura es tonto porque no es para ver sino para tocar. Un amigo le llevó a una hacienda que tenía, y cuando volvió dijo: el campo es un lugar horrible donde los pollos se pasean crudos. Un día le encontré sin anteojos. Qué pasó, fuiste a empeñarlos. Sí hermanito, me dijo. Pero tú me dijiste que el mundo ha sabido ser bello. El mundo sí pero la gente no, contestó.
De Cortázar. ¿Qué imagen ha quedado en su memoria?

Era grande desde todo punto de vista, sobre todo, el corazón. Era el único escritor que yo conozco, que al encontrarse con otro de cualquier edad, le preguntaba, qué estaba haciendo, qué estaba escribiendo. Igual si se trataba del trabajo de un zapatero o de un sastre. Se preocupaba por los demás, era muy generoso pero también muy exigente sobre todo consigo mismo, de su actitud y de su escritura.
-Ha sido testigo indirecto de guerras mundiales, de la bomba sobre Hiroshima, de la guerra de Vietnam y actualmente de la invasión a Iraq. ¿Qué piensa sobre el conflicto que está suscitando entre Oriente y Occidente este acontecimiento?

Creo que la situación actual, a partir de la invasión a Iraq, es la culminación
Intolerable del supuesto “destino manifiesto” desenmascarado por el propio gobierno de los Estados Unidos. Condenada por el mundo entero, es posible que sólo una parte, al parecer mínima, del ejército estadounidense sea el único grupo humano que, de todos modos obligado, todavía apoye esa guerra que ya ha suscitado otras. A nadie le quedan ya dudas acerca de la vocación imperialista de EUA, que entra en donde le da la gana, destruyendo a patadas la geografía y la historia que encuentra a su paso, ni acerca de la necesidad de detener esa infamia, en nombre de la humanidad y del futuro.

-¿Será posible que llegue a concretarse una alianza latinoamericana?

No es sólo posible sino que, al parecer, se están sentando ya las bases para ello, la más importante de las cuales es una conciencia generalizada de la necesidad de una alianza o unión de nuestros países, a fin de conformar un bloque capaz de defender sus culturas y sus derechos como pueblos, y de hacer frente a todas las agresiones, sean económicas, culturales o militares. Para ello será preciso establecer un diálogo basado en el derecho de cada uno a su soberanía y en el respeto a los diversos regímenes y sistemas de gobierno.
Y.Z.P

viernes, 10 de abril de 2009

Roberto Bolaño y el tema de las culturas

Lean este fragmento tomado de una de las cinco novelas reunidas en el libro 2666 de Roberto Bolaño. Es una narración dentro de otra narración, como en el fenómeno de los espejos y su infinito reflejo, concepción literaria inspirada en la narrativa de Borges. Creador genial y trabajador incansable, Roberto Bolaño ha concebido una obra única que, vista a vuelo de pájaro por quien no quiere internarse en esa jungla por lo terrible y amenazadora, parecería encarar una serie de collages; pero no, sus historias tienen un encadenamiento subterráneo, cientos de voces que hablan de cosas misteriosas que pueden ser a veces oscuras verdades, o simplemente miradas diáfanas de una realidad que vuelve ciegos a muchos. Las palabras y comentarios pueden a veces no decir gran cosa, mejor lean a continuación este texto, a mi entender, una forma de comunicar a manera de testimonio de otras voces, lo que significan las culturas nativas para la visión occidental, un hecho narrado con realismo y asombro, recreado al parecer de algún estudio antropológico o tomado quién sabe de dónde, porque da siempre la sensación de que Bolaño, al construir sus novelas, toma hechos de la realidad leída vivida o imaginada y los pulveriza para juntarlos nuevamente a su antojo, como cuando habla en casi toda una novela, en forma obsesiva, de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, donde realiza un recuento exhaustivo de esos crímenes que parecen no terminar nunca, tomados de no sé qué archivos de crónica roja, e intenta buscar al culpable o por lo menos encontrar una pista para explicar o explicarse?, esos sucesos, removiéndolos hasta la saciedad, hasta despertar la aversión del lector. En el caso de este capítulo, narra el hecho en forma pormenorizada, y con elevado tono sarcástico descubre ante nuestros ojos la prepotencia y la estupidez de los comportamientos racistas, engendros de la mentalidad etnocentrista que desprecia otras maneras de mirar la vida.

(Tomado de 2666, de Roberto Bolaño)
…El chiste, mitad verdad, mitad leyenda, transcurría en Borneo, en una región selvática y montañosa en donde se internaba un grupo de científicos franceses. Tras varios días de camino, los franceses llegaban a la fuente de un río y después de cruzar el río encontraban en la zona de mayor espesura del bosque a un grupo de indígenas que vivían prácticamente en la edad de piedra. Lo primero que pensaron los franceses, naturalmente, explicó uno de los antropólogos soviéticos, un tipo gordo y grande y de grandes mostachos meridionales, fue que los indígenas eran o podían ser caníbales, y por seguridad y para deshacer cualquier tipo de equívoco desde el principio, les preguntaron, utilizando para ello las diversas lenguas de los indígenas costeños y acompañando las preguntas con gestos bastante explícitos, si comían carne humana o no.
Los indígenas los entendieron y respondieron, con rotundidad, que no. Los franceses entonces se interesaron por lo que comían, pues a juicio de éstos una dieta carente de proteínas animales era un desastre. Preguntados al respecto, los indígenas respondieron que cazaban, en efecto, pero poco, pues en los bosques no había demasiados animales, pero que en cambio comían y cocinaban de múltiples formas, la pulpa de un árbol que tras ser examinado por los escépticos franceses resultó ser un excelente sucedáneo para paliar el déficit proteínico. El resto de su dieta lo constituía una amplia gama de frutas del bosque, raíces, tubérculos. Los indígenas no plantaban nada. Lo que el bosque quisiera darles ya se lo daría y lo que no quisiera darles les estaría vedado para siempre. Su simbiosis con el eco sistema en el que vivían era total. Cuando cortaban las cortezas de algunos árboles para utilizarlas de suelo de las cabañitas que construían, en realidad estaban contribuyendo a que los árboles no enfermaran. Su vida era similar a la de los basureros. Ellos eran los basureros del bosque. Su lenguaje, sin embargo, no era soez como el de los basureros de Moscú o de París, ni ellos eran grandes como aquellos ni exhibían una musculatura considerable ni tenían la mirada de éstos, una mirada de locatarios de la mierda, sino que eran bajitos y delicados y hablaban como a media voz, como pájaros, y procuraban no tocar a los extranjeros y su concepción del tiempo no tenía nada que ver con la concepción del tiempo de los franceses. Y debido a eso, probablemente, dijo el antropólogo soviético de grandes mostachos, se fraguó la catástrofe, debido a la concepción del tiempo, pues al cabo de cinco días de estar con ellos los antropólogos franceses pensaron que ya había confianza, que ya eran como compadres, como compis, buenos amigos, y decidieron meterse con el idioma y con las costumbres, y entonces descubrieron que los indígenas, cuando tocaban a alguien, no lo miraban a los ojos, fuese ese alguien un francés, o fuese uno de la misma tribu, por ejemplo, si un padre acariciaba a su hijo procuraba siempre mirar hacia otra parte, y si una niña se acurrucaba en el regazo de su madre, la madre miraba hacia los lados o hacia el cielo y la niña, si ya tenía juicio, miraba hacia el suelo, y los amigos que salían juntos a recoger tubérculos se miraban a la cara, es decir a los ojos, pero si tras una jornada afortunada se tocaban con las manos los hombros, ambos desviaban la mirada, y también notaron y apuntaron en sus libretas los antropólogos que cuando daban la mano se ponían de lado y si eran diestros pasaban la mano derecha por debajo de la axila del brazo izquierdo y la dejaban laxa o apretaban sólo un poco, y si eran zurdos, pues pasaban la mano izquierda por debajo de la axila del brazo derecho, y entonces uno de los antropólogos, contaba riéndose a mandíbula batiente el antropólogo soviético, decidió enseñarles cómo saludaban ellos, los que venían más allá de las zonas bajas, de más allá del mar, de más allá de donde se pone el sol, y mediante gestos o utilizando a otro de los antropólogos franceses como partenaire les indicó la manera de saludar que tenían en París, dos manos que se aprietan y que se mueven o se cimbran mientras los rostros se mantienen impertérritos o expresan afecto o sorpresa y los ojos se enfocan, francos, en los ojos del otro, al tiempo que los labios se abren y dicen bonjour, monsieur Courbet (aunque era evidente, pensó Reiter leyendo el cuaderno de Ansky, que allí no había, y si lo hubiera habido sería una casualidad perturbadora, ningún monsieur Courbet), pantomima que los indígenas miraban con buena voluntad, algunos con una sonrisa en los labios y otros como sumidos en un pozo de compasión, pacientes y a su manera bien educados y discretos, en todo caso, hasta que el antropólogo intentó probar el saludo con ellos.
Según el del mostacho esto sucedió en la pequeña aldea, si es que se puede llamar aldea a un conjunto de chozas camufladas al azar del bosque. El francés se acercó a un indígena e hizo como que le iba a dar la mano. El indígena, mansamente, apartó la mirada, y asomó su mano derecha por debajo de la axila de su brazo izquierdo. Pero entonces el francés lo sorprendió y tiró de su mano y por ende de su cuerpo y le dio un buen apretón y sacudió su brazo y fingió sorpresa y alegría y dijo:
_Bonjour, monsieur le indigène.
Y no le soltó la mano y trató de mirarlo a los ojos y le sonrió y le mostró la blancura de su sonrisa y no le soltó la mano sino que, incluso con la izquierda le palmeó el hombro, bonjour, monsieur le indigène, como si de verdad se sintiera muy feliz, hasta que el indígena lanzó un grito aterrador, y tras el grito pronunció una palabra incomprensible para los franceses y para el guía de los franceses, y tras esta palabra otro indígena se abalanzó sobre el antropólogo pedagogo que aún no soltaba la mano del primer indígena, y con una piedra le abrió el cráneo, y entonces el antropólogo soltó la mano.
Resultado:….
(Ya me cansé de transcribir, si quieren saber el resultado búsquenlo en la página 916 del libro 2666 de Bolaño. No es propaganda para comprar el libro, lo pueden buscar en una biblioteca o pedir prestado)

miércoles, 25 de marzo de 2009

LAS TRES RATAS de Alfredo Pareja Diezcanseco

Este es un comentario que no logré terminar por límite de tiempo, el trabajo debía ser entregado para una publicación sobre Alfredo Pareja Diezcanseco. Lo saco ahora en el blog para ponerlo a su consideración, tal como quedó.


LAS TRES RATAS: NOVELA DE ALFREDO PAREJA DIEZCANSECO

Dentro de la vasta obra de Alfredo Pareja Diezcanseco percibimos varias etapas. En sus primeros libros aparece el escritor de las hablas populares y de los temas urbano-marginales. Argumentos que ingresaron con fuerza en la corriente literaria de la generación del treinta y que se enmarcaron sobre todo en “Los que se van”, con su visión ideológica y crítica de la sociedad ecuatoriana de entonces y particularmente del escenario social montubio y guayaquileño. Uno de los más fecundos autores ecuatorianos, cuya obra creció y maduró paralelamente a su vida.
Al leer a un autor, quizás sea más conveniente hacer abstracción de sus rasgos biográficos, sin embargo, si se conoce varios libros de Diezcanseco ubicados en diversos momentos de su quehacer literario, creo que eso no impide remitirse a la vida tumultuosa en sus inicios como escritor, sobre todo para imaginar los escenarios de donde extrae sus historias de ficción que tienen que ver siempre con la problemática social y su proyecto de denuncia, en esta primera etapa, particularmente.
Alfredo Pareja Diezcanseco, como en el caso de otros autores notables de ese tiempo, asume un profundo compromiso con las letras y también con el entorno social e histórico del Ecuador. “Es el más literato de los jóvenes escritores de Guayaquil” según Isaac Barrera. Recorrió un largo camino de trabajo incansable y disciplinado; era una labor cotidiana que realizó tenazmente, venciendo fatigas y desalientos, actitud fundamental de un escritor con oficio como Pareja Diezcansseco, que permitió la evolución de su escritura con el paso del tiempo. Aunque no siempre para el lector y para la misma crítica literaria, las últimas obras son las más representativas de un escritor. Hombres sin tiempo, Baldomera, El muelle, La hoguera bárbara, son las obras más conocidas y las más leídas de Diezcanseco.
Me ha tocado centrarme en la novela: Las tres ratas, obra que me ha sido asignada para su estudio, para que hubiera una voz femenina -espero no ser la única-, que figure en el anuario sobre nuestros autores más importantes. Además para tratar el tema de la mujer, dentro del argumento de esta novela que se inscribe en la primera etapa de la gran producción de Pareja Diezcanseco.
Las tres ratas, sorprende por la honestidad y el empeño que pone el autor, al bucear en el alma femenina, revistiéndose de la piel de la mujer para observar, no con entusiasmo voyerista, sino introduciéndose sutilmente en el cuerpo y en el alma de tres mujeres que transitan por la vida, marcadas por un sino fatal, inherente no sólo a su condición de género, sino a la clase social a la cual pertenecen, cuestiones que delimitan el espacio en el cual se agitan dichos personajes.
Si en Mme. Bovary, la pasión sentimental y las emociones, dominan muchos de los actos del personaje protagónico con un signo de fatalidad que la lleva a encontrar la única salida en el suicidio, igual drama se suscita en Ana Karenina de Tolstoi. En Las tres ratas, a pesar de estar latente esta condición, se hace hincapié en las circunstancias sociales que rodean a las tres mujeres, así como a los prejuicios emanados de una sociedad que no les permite “levantar cabeza”, para poder ver más allá de los horizontes que les impone su condición de hembras, en un contexto donde domina el punto de vista sexista, la concepción social patriarcal y de clases.
El tema de los personajes femeninos escritos por hombres ha dado lugar a grandes novelas como las mencionadas de Tolstoi y Flaubert. Es la mujer vista desde la óptica del escritor varón, para quien, explorar el enigmático femenino no es fácil, siempre será un misterio aventurarse a recorrerlo, quizás por eso el final de los personajes de las mejores novelas sobre mujeres escritas por hombres, es el suicidio. Significa tal vez que llegado al límite de la historia, hay un obstáculo que el hombre es incapaz de franquear, tal vez porque entra en una zona donde teme encontrarse a sí mismo o se siente imposibilitado de sobrepasar los tabúes ancestrales.
Hay también mujeres que escriben sobre hombres, como es el caso de Marguerite Yourcenar. La escritora ha podido sumergirse sin prejuicios en la mente y en el cuerpo de personajes masculinos y lo ha hecho con maestría al navegar en el alma de un hombre, recorrer sus contradicciones internas, esa lucha permanente que se libra en el ser masculino, en su empeño por lograr sobrevivir a los constantes desafíos y dar una imagen de sí mismo hacia afuera, aunque interiormente el verdadero rostro sea otro.
Pero yendo a la novela de Diezcanseco, creo que el escritor la escribe con honradez, y confronta a los personajes con su medio y con la amarga constante que trasunta la novela, respecto del fracaso para la realización humana de las tres ratas, la represión social que se ejerce sobre ellas y los prejuicios profundamente arraigados en la sociedad y en la época que aborda este relato....
Yvonne Zúñiga
(Para su publicación, favor dar nombre del autor y del blog)

jueves, 26 de febrero de 2009

las mil y una interpretaciones de cien años de soledad

Por Yvonne Zúñiga

(Este homenaje a García Márquez debió salir publicado el año pasado, hoy lo difundo en este blog para el 82 aniversario del Gabo, el 6 de marzo próximo.)

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…
Como en el Quijote, este inicio de Cien años de soledad, será memorizado por muchos como la antesala de una inmensa novela, ahora un clásico de la literatura universal. Modelo para los escritores contemporáneos no solo de Latinoamérica sino de todos los continentes.
Cien años de Soledad, despertó admiración y envidia en muchos de sus contemporáneos. Estaba tan lejos de ese mundo ideal y europeizado de los modernistas americanos, o del realismo social descarnado que llegaba a denunciar la crueldad y la miseria que flagelaba a nuestros pueblos, como en el Huasipungo de Icaza, o de la refinada y compleja narración de un Carpentier que nos introdujo en lo Real maravilloso, fruto de la eterna contradicción entre la cultura occidental y la cultura aborigen americana, conflicto que en la producción de Carpentier está latente, porque la propia vida del autor de Los pasos perdidos, está dividida entre las raíces que se hunden en Europa y su mirada que emerge del continente mulato y caribeño, pero que constituyen el nervio, la razón y la magnificencia de su obra.
Pero qué significó para nuestra literatura, Cien años de Soledad. El Arte de García Márquez está en haber descubierto la palabra cabalísticas para tejer una cadena narrativa que brota como en eterno relato desde la naturaleza vegetal y humana. Allí donde el hombre y la mujer son mutaciones de árbol, roca, cascada, selva, llanura y río, está la voz del narrador oral de nuestros valles y montañas, los pueblos que se asientan a orilla de los grandes ríos; allí donde crecen las poblaciones mestizas y batallan los seres humanos para buscar la subsistencia a pesar de los implantes culturales, están los buscadores de minas y petróleo que socavan y desangran el suelo de nuestro continente; está el habitante que se mimetiza, pulula y conspira en los polvorientos caminos o en las verdes e infinitas llanuras. García Márquez encontró allí la veta para construir esta maravillosa premonición que es Cien años de Soledad.
La riqueza descubierta en la obra de García Márquez tiene su germen en los relatos que escuchaba de su abuelo, coronel del ejército que había peleado en “la guerra de los mil días” en Colombia. Después de incursionar en la poesía con algunas publicaciones colectivas, sus lecturas de Sófocles, Kierkegaard, la novelística del siglo diecinueve: Dickens, Zolá, Stendhal, Flaubert, Balzac, más tarde Kafka, Virginia Wolf, Joyce y sobre todo Faulkner, Hemingway, y el descubrimiento de Juan Rulfo, serán su escuela en la creación de escenarios, personajes y ambientes.
Sus primeros cuentos: Un día después del sábado, Isabel viendo llover en Macondo, que aparecieron después en Los funerales de la Mama grande y en La hojarasca, volúmenes que contienen lo más significativo de su mundo narrativo y muestran ya los ambientes y la atmósfera que su intuición creadora proyectara más tarde en Cien años de Soledad.
Se ha hablado mucho sobre su obra fundamental, ganadora del premio Nobel de Literatura, y seguiremos redescubriendo nuevos elementos, nuevas realidades en cada relectura de este clásico de la literatura contemporánea.
Es la creación de Macondo, ¿la metáfora del nacimiento del nuevo mundo mestizo? Nos preguntamos si ese pueblo aislado, que imagina y añora una existencia al otro lado del océano, inicia su vida desde un tiempo sin pasado luego de búsquedas a palos de ciego, en excursiones fallidas que les lleva a comprobar sin comprender, quizás sin aceptar, que están rodeados de selvas impenetrables, de ríos y de un mar insalvable,” oscuro y sucio”. Significa acaso el principio y el transcurso de la historia mestiza del continente, poblado de sinrazones y finalmente su ocaso, condenado a sí mismo a vagar en soledad, al no aceptar su entorno y alejarse cada vez más de su propia realidad?
La peste del insomnio que los llevó al olvido, la presencia del anciano Melquíades que huyó de la muerte para quedarse en Macondo y experimentar las maravillas del daguerrotipo con José Arcadio Buendía, inmerso este último en sus delirios por lograr la prueba que le permitiría “descubrir científicamente la existencia o inexistencia de dios”, son elementos que forman parte de la estructura narrativa, células vitales que conforman la gran unidad de Cien años de Soledad.
El espíritu errabundo del patriarca de Macondo que lo lleva a realizar varias expediciones, buscando el mar con la idea de encontrar un lugar más propicio para asentar allí a su pueblo: “uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra” decía José Arcadio Buendía. Desorientado en un principio y finalmente decepcionado al llegar y ver el mar gris e inmenso como una barrera insalvable, no encontró nada mejor que la Ciénaga para echar raíces y fundar Macondo
El surgimiento de los militarismos es el punto de partida de una etapa donde la violencia aparece, unida al nacimiento de las ambiciones de poder en un pueblo originalemente pacifico y que rechazaba las instituciones porque se negaba a que se ponga límites a su imaginación, a su libertad para recrear la sociedad como ellos la sentían, con la inocencia y la frescura de su naturaleza donde no cabían los prejuicios ni los temores religiosos, ni las jerarquías intocables y donde podían suceder cosas insólitas sin que nadie se sorprendiera por ello.
La maldición del incesto en el imaginario social, tema que encontramos en las novelas montubias de José de la Cuadra y que aparece en el Sonido y la furia de Faulkner. Condenadas por las religiones, rechazadas también por el instinto de conservación de la especie, las relaciones incestuosas impregnan con la mancha del pecado al inconsciente colectivo y aparecen en la novela de García Márquez en forma hilarante, en los personajes de José Arcadio y Rebeca, y finalmente la relación de los hermanos en el desenlace de la novela, la pasión prohibida desencadenada con una fuerza inusitada y que condena de por vida a los personajes.
La metáfora que encierra Cien Años de Soledad, será interpretada de muchas maneras pero hay algo latente que nos incumbe profundamente como herederos de estos parajes indo mestizo americanos. La vida interior y enigmática de Cien años de soledad está contada como si saliera de la boca de un narrador oral, acaso es la génesis de nuestra historia todavía no vivida hasta completar su ciclo. Por esa razón se dice que Cien años de soledad es una novela premonitoria pues la palabra literaria tiene alcances atemporales, puede ser testimonial, y también puede ser una puerta que descubre metafóricamente el futuro. Es por lo tanto esta novela una gran hipérbole o una gran metáfora? La diferencia entre una y otra es que la hipérbole exagera y la metáfora envuelve un significado, es el espíritu que da vida al significante. Opto por lo segundo. Cada imagen que brota de esta obra como desde una vertiente maravillosa o mágica, para retomar las palabras que han definido a la generación del boom literario, es un descubrimiento del ser mestizo americano, y su búsqueda perenne de identidad, en pos de recrear una sociedad que descubra sus raíces. Nuestra cultura mestizo- americana lucha por romper las fronteras y es sucesivamente presa de nuevos deslumbramientos, creyendo tal vez encontrar en ese devenir, la vuelta de tuerca que definiría los contornos de la ansiada identidad.
Pero además del movimiento lúdico y fantástico, García Márquez explora los recovecos emocionales, las pasiones y misterios de la conducta humana, que construyen en conjunto las esencias de los pueblos y sus formas de expresarlas, a través de la música, de sus hábitos cotidianos, de sus fantasmas, de sus creencias y sueños diurnos y nocturnos.
El nombre de Macondo ha servido para que políticos autoritarios, politiqueros de Latinoamérica y europeos chauvinistas hayan calificado a nuestro continente mestizo, como un pueblo subdesarrollado en todos los sentidos: ingobernable, atrasado y fantasioso y lo hayan usado peyorativamente en muchas ocasiones. Pero la universalidad de la historia de Macondo radica también en que es la génesis de la civilización actual, reflejada en cualquier país dudosamente desarrollado, (habría que examinar hacia dónde va ese desarrollo) y también en las demás sociedades colonizadas por occidente.
Acaso Macondo somos todos, desde la infancia hasta la vejez, y sea el significado que Cien años de Soledad ha reproducido metafóricamente para hablar de la vida humana individual y colectiva.

(Si desea publicar este artículo, por favor, no olvide dar el nombre de la autora y del blog)

miércoles, 18 de febrero de 2009

ALAN PAULS: EL PASADO
Premio Herralde de novela 2003, otros libros: Wasabi y El factor Borges.
Por Yvonne Zúñiga
Rímini, se despierta un día y mientras observa su propia rutina, percibiendo cada detalle de su relación subjetiva con las cosas, de pronto se ve preso de los hábitos y de su adicción a la cocaína como parte de esa cotidianidad. Proyecta al sujeto pasivo, envuelto en un entorno absurdo que se le impone más allá de las circunstancias y formando parte de su propia fragilidad. A partir de este capítulo, el autor da una pista de la conducta compulsiva del personaje, encadenado a una relación de pareja iniciada en las aulas escolares y que paulatinamente echa raíces patológicas en la psiquis de los dos protagonistas.
Lo fundamental del libro, que en ningún momento separa el lenguaje de la trama que cuenta es, precisamente, la sabia instrumentación de la escritura para desarrollar la complejidad existencial del personaje principal; en ella, lenguaje y narración forman esa unidad indisoluble, coexisten como el cuerpo y la mente, como el amor y el objeto del amor, como el vicio y la compulsión, o el instinto de supervivencia y sus muchas caras y máscaras envilecidas, las mismas que van marcando el ritmo tenso de esta novela
En este caso, el autor proyecta la vida filtrada por visiones y pesadillas, imágenes vertiginosas que no son sino diseños transmutados del escenario real circundante. El autor crea un cosmos caótico que simula un estado de normalidad y refleja el espectro que subyace en las apariencias de la realidad visible. La doble mirada del escritor desnuda las evidencias y muestra la atemorizante presencia que acompaña a los seres humanos: ..Van Dam es un hombre próspero y decente; como todo ex delincuente, subactúa su prosperidad y sobreactúa su decencia...
Es un viajero del tiempo creado en la novela; atrapado en uno de esos niveles temporales, el autor da vida a personajes complejos y bien estructurados. De repente se rompe el ritmo de la narración y aparece otro plano desquiciante del que no puede desprenderse, y lo sostiene en todo un capítulo y más... Una vez más, la lucecita roja ha vuelto a brillar. El agujero postizo se despereza y empieza a moverse en el mapa. Es un objeto que deviene personaje, en torno al cual se suceden varios acontecimientos siniestros y de lo más absurdos, parecería descolgarse de la continuidad de la trama e interrumpir el hilo de la narración, no obstante, es parte de la cadena de sucesos en apariencia ilógicos y que, sin embargo, le dan el sentido ineluctable, o más bien, el destino que el autor ha creado para esta novela.

domingo, 15 de febrero de 2009

BORRO Y VA DE NUEVO

Con las dificultades para manejar esto del blog porque pertenezco a la generación del lápiz y el cuaderno, de la máquina de escribir y de la hoja en blanco, creo que para un escritor, de todos modos y en cualquier tiempo, es interesante poder difundir lo que escribe, observa, piensa y siente, desde la realidad en la cual vive y transita, cuando descubre, con todas las dificultades que eso implica, que puede publicar, al menos entre amigos y conocidos uno que otro texto, a través de este medio, que lo queramos o no, ha sido lanzado para bien o para mal de la humanidad.
En este mundo que nos parece cada vez más enrarecido, no sé si porque somos más viejos y tenemos todavía en la memoria la vida simple de nuestra niñez; las ciudades y los barrios menos ruidosos y extraños; el campo verde mucho más extenso; las relaciones menos distantes entre las personas. No sé si el pasado o el futuro fue o será mejor que el presente complicado en el que vivimos, pero intentaremos, palabras más o palabras menos, lanzar nuestra botella al cyber espacio con unos cuantos mensajes.
Enviaremos artículos que quedaron inéditos porque alguna revista, finalmente, no llegó a publicarlos, o también algunos que fueron ya publicados por espacios virtuales como éste, que no llegaron a todos los amigos y conocidos, que me gustaría que los lean. Quizás es mucha pretensión, pero igual, todo escritor y productor de ideas e imágenes es una persona que necesita expresar la vida a su manera. Espero, entonces, alcanzarlos con el lenguaje y las palabras que soy.
abrazos
Yvonventura