martes, 1 de agosto de 2017

Nikola Tesla, más allá de la ciencia


Por Yvonne Zúñiga

Nacido en Smiljan, Croacia (antes Yugoslavia) el 10 de julio de 1856, murió en New York el 7 de enero de 1943. Estudió en las universidades de Austria y Praga pero no terminó la carrera ni sacó título alguno. Trabajó en varias industrias en París y en Budapest, después se trasladó a los Estados Unidos para trabajar con Thomas Alba Edison.

Al decir de muchas publicaciones, una de las mentes más brillantes que ha tenido la humanidad. Considerado por otras, un hombre que supera los límites de lo terrenal, perteneciente más bien a la estratosfera por su concepción no mercantilista de la ciencia.
Un personaje que bien podría figurar en una historia de ficción y de hecho lo ha sido, tomado como protagonista de historietas por sus características individuales que se funden con lo insólito y van mucho más allá de la realidad aparente, si bien se dice que la realidad supera a la ficción y también que la ficción es el punto de partida para crear la realidad. Tenemos muchos ejemplos que confirman lo dicho, uno de ellos es la obra del escritor Julio Verne.

Pero los biógrafos y las evidencias confirman la existencia fuera de lo común de Nikola Tesla, inventor que soñaba con iluminar el mundo con su descubrimiento de la corriente alterna en contraposición a la corriente continua que proponía Thomas A. Edison personaje influyente de aquella época, dispuesto a no dejar que un inmigrante serbio le arrebatara la fama y el dinero que había ganado al promocionar el uso de la electricidad mediante cables para instalarlos en la ciudad de New York. Edison ridiculizó constantemente al inventor para que fuese tachado como científico loco. Para desprestigiarlo, Edison aplicó el invento de Tesla al electrocutar públicamente a varios animales domésticos y hasta a un elefante, además de construir la silla eléctrica para ejecutar a los condenados a muerte. Finalmente, el tiempo dio la razón a Tesla y es su proyecto de corriente alterna el que se aplica en el mundo actual.

El cerebro de Tesla vislumbraba un futuro donde era posible extraer de la materia invisible conocimientos extraordinarios para beneficiar a los seres humanos. Decía que todo era luz, partía del concepto que definía a la tierra como un imán que podía generar electricidad, (electromagnetismo), comunicación inalámbrica y energía gratuita para todos creando un cinturón de energía para iluminar el planeta. Para él, la imaginación da luz a la vida y por lo tanto la energía creativa es idéntica a la energía de la luz.

El invento de la telefonía y la comunicación a distancia que se atribuía a Marconi erróneamente (premio Nobel), le correspondía a Nikola Tesla, hecho reconocido posteriormente por la ciencia. Fue precursor de muchos de los aparatos electrónicos que conocemos actualmente: celulares, radio, televisión, control remoto, aviación, motor eléctrico, robótica, rayos x, rayos láser, entre otros.

Abundan los artículos, reportajes y documentales sobre la personalidad y la obra del científico serbio. Para algunos un mito, para otros un adelantado tanto a su época como a la que vivimos en el presente y sin duda a la de un futuro próximo. Pero en su vida hay hechos tan sorprendentes que sus contemporáneos y aún en el nuevo siglo es difícil dar crédito, debido a los parámetros impuestos por un sistema que no acepta sobrepasar los  esquemas acostumbrados y que no admite la existencia de otras alternativas para descubrir una visión diferente de la vida que nos rodea.

Era un sabio cuya inventiva iba paralela a su concepción de la existencia y del mundo, un visionario que era capaz de visualizar el futuro y de expresar sin temor sus convicciones.  Se dice que su mente no tenía límites para explorar las posibilidades que se podían descubrir en la naturaleza; visualizaba las nuevas ideas y las ponía en práctica de forma inmediata, construía los proyectos en su mente antes de llevarlos a la experimentación. No le importaba ser aceptado oficialmente, y aunque patentó muchos de sus inventos, gran parte de ellos le fueron robados por los interesados en cobrar fama y fortuna.

Anticipado a todas las épocas, Tesla era un hombre extraño, un místico de la ciencia y como tal tenía la mente abierta a toda la vida que latía en el entorno. Sumergido en el misterio de los fenómenos físicos y en su obsesión por descifrarlos, la mirada de este genio excepcional iba más allá del laboratorio en esa cadena de asombros que le conducía a nuevos descubrimientos.

Distanciado del ruido de sus semejantes, decía que la energía mental y vital tenía relación con la sexualidad, él sublimó su propia energía y la concentró en ese plano en el que vivía, lleno de luz como se lo ve en algunas fotografías en las que demostraba que la electricidad y la luz podían pasar por su cuerpo sin dañarlo. Hablaba de sus diálogos con el relámpago y el trueno en esa convivencia dinámica con la naturaleza y la ciencia, a las que entregó la totalidad de su vida. Un rayo puede ser una sonata entera, mil relámpagos son un concierto, expresaba.

Desde la niñez había afinado tanto sus sentidos que podía escuchar la música de las estrellas y desarrollar el sentido de la visualización, cualidad que le impulsaba a crear en forma permanente y materializar su inventiva. Yo soy parte de la luz y la luz es música, decía, la luz llena mis sentidos: la veo, oigo, siento, la huelo, toco y la pienso.
En una larga entrevista de las pocas que le hicieron, llegó a expresarse en profundidad sobre asuntos diversos. En sus respuestas, Tesla partía de la ciencia para derivar a temas humanos y filosóficos, una visión tan amplia en  la que planteaba que el ritmo de la vida humana latía con el universo, que el cerebro de los seres humanos era una proyección de ese inmenso cerebro cósmico. Hablaba de la música de Mozart y de Bach, de la gran poesía, ponía al arte como una expresión de la vida universal. Podía memorizar textos literarios completos, decía que podía recitar de memoria el Fausto de Goethe y admiraba la poética de William Blake. Amaba a las aves especialmente a las palomas, decía Tesla que el individuo debía ser sensible con las aves a causa de sus alas, pues el ser humano las tuvo originalmente y en consecuencia debía tomar conciencia de sus propias alas.

Vivió en hoteles, el dinero conseguido por sus trabajos lo gastaba en los nuevos inventos hasta quedar casi en la indigencia, las deudas pagaba con papeles de sus patentes. Murió solo en una habitación de hotel, sus documentos y patentes fueron confiscados por el FBI, y nunca se supo con certeza en qué manos fueron a parar sus últimos inventos, muchos de los cuales deben seguramente corresponder a los grandes progresos de la actual tecnología, pero sobre todo renace un interés por desentrañar la dimensión de Tesla, incomprendida por sus contemporáneos y que en la actualidad reaparece en las nuevas circunstancias como una alternativa para conciliar las necesidades espirituales con el avance científico y los misterios infinitos del universo.