lunes, 23 de agosto de 2010

ENTREVISTA REALIZADA POR WALDO GONZALEZ




Fotos: de arriba hacia abajo: 1) Con Roberto Zurbano, Director de Editorial Casa de las Américas y Waldo González: poeta y ensayista. 2) Con la directora Isabel Moya, y las compañeras de la revista Mujeres 3) Con el escritor Ernest Hemingway en un café de La Habana.

Hace algo más de dos años, hice un viaje corto a Cuba. Me dije que no me iría de este mundo sin conocer la isla de Cuba, un país con la historia todavía no lejana, de una revolución que tuvo gran trascendencia en el siglo XX, sobre todo para Latinoamérica, la revolución cubana despertó la imaginación, una energía nueva y un idealismo dispuesto a cambiar el mundo, en los jóvenes de esa generación de la cual yo formaba parte. En algo más de treinta años, todo cambió y el mundo es actualmente lo que es, y una tremenda interrogante nos deja perplejos.
Pero mejor paso a hablar de aquel viaje, que para mis ojos, tuvo ese tinte mágico que resucitaba en mí el asombro de los años juveniles.

En Cuba tuve contacto con el poeta Waldo González, de quien guardo un afectuoso recuerdo; él me hizo la siguiente entrevista, para la revista Mujeres que sale periódicamente en La Habana. Con Waldo y su esposa Mayra Hernández también escritora, pude recorrer esos barrios y sentir la atmósfera tan particular que tiene La Habana y en especial la Habana Vieja.
Antes de poner la entrevista quiero transcribir un poema del libro: Estos versos que maldigo, de Waldo González. La décima tiene importantes cultores en Cuba, y voces conocidas del Caribe profundo como la de Nicolás Guillén.

Waldo, además, realiza encuentros literarios y tertulias animadas en un sitio conocido de La Habana, donde reúne a escritores y músicos, un espacio hermoso de los muchos que hay en esta ciudad, para enriquecer esa cultura dinámica e importante que tiene y tuvo el movimiento artístico cubano después de la revolución.
Waldo González López (puerto Padre, Las Tunas, Cuba, 1946). Poeta, crítico literario. Ha publicado: Espinelas con espinas (décima 1981), Qué arde al centro de la vida (décima 1983), Salvaje nostalgia (finalista premio plural México1990? Casablanca 1995, Estos malditos versos (décima, México 1999), Panorama de la décima erótica cubana (2004), y otros poemarios y libros de crítica y ensayo. Sus versos han sido también publicados fuera de Cuba y traducidos a varios idiomas.




FALSÍAS

A Nieves y Adolfo
(sobre una idea de Mario Benedetti)

No olvida el que finge olvido
sino el que puede olvidar…
Mas no se puede borrar
todo lo que se ha vivido.
Confiesas que sí has bebido
y otras cosas no confiesas:
fingiste y mentiste, ilesas
falsías del corazón.

(La vida, como un jarrón
que se te ha roto en mil piezas.)

por Waldo González
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ENTREVISTA

Una quiteña a fondo

Destacada narradora, Yvonne posee el carácter andino de los quiteños, aunado a los rasgos definitorios de su personalidad, a saber; presencia silenciosa, mirada reflexiva, sonrisa a ratos y risa solo ocasional, nunca estruendosa, como los cubanos que, buenos caribeños, somos extrovertidos, ruidosos, carcajadas mediante, y superactivos.

En su breve estancia habanera pudo conocer instituciones, como la Editorial de la Mujer, donde sostuvo un informal encuentro, intercambiando con la ensayista y editora Mayra Hernández, visitó la Casa de las Américas, así como La Habana Vieja, que tanto deseaba conocer.

Ya de regreso a su patria, Yvonne respondió a mi cuestionario, entregado en La Habana. Aquí están, pues, mis preguntas con sus respuestas.

1-¿Cuándo te inicias en las letras, y por qué: algún familiar escritor o las muchas lecturas…?

De niña siempre me gustó expresar lo que sentía a través de la escritura, además me apasionaba la lectura. De los antiguos recuerdos, cuando descubrí que podía descifrar esos signos y conocer el contenido de artículos de revistas y las tiras cómicas que salían en los suplementos que traían los diarios de ese tiempo, sentí una alegría inmensa, entonces trataba de leer todo lo que estaba a mi alcance. Tenía una tía, la pintora, Piedad Paredes Álvarez, una gran artista, y también una gran lectora, ella poseía una biblioteca con excelentes libros. A los once o doce años, cada vez que yo iba a su casa, subía al taller y a veces leía libros que no eran precisamente para chicos. A los quince años, leí El Quijote, varios dramas de Shakespeare, algunas obras del teatro de Tenesee Williams, y llegué a leer El Amante de Lady Chatterley, una traducción del original, libro prohibido hasta para los adultos de esos años. También leía Sherlock Holmes y Arsenio Lupin, novelas policiales que me atrapaban por supuesto, después vinieron los autores latinoamericanos del boom y tantos otros. Desde los trece años escribía poemas para expresar lo que sentía, y creía que no lo hacía tan mal. También me gustaba el teatro y reunía a mis hermanos menores para representar pequeños dramones delante de la familia. Cuando estuve en la secundaria gané un primer premio de poesía, me dieron una hermosa antología que hasta ahora la tengo. Desde entonces he escrito siempre. Estudié Literatura en la universidad particular de Loja, participé en talleres literarios tanto en el Ecuador como en Argentina, y en ese tiempo publiqué ya en algunas revistas. Mi primer poemario lo publiqué en 1983, algo tardía para publicar, no tenía prisa, intentaba ser exigente con mi trabajo, después, las ocupaciones de crianza de los hijos y el trabajo para el sustento, me absorbieron bastante, aunque durante todo ese tiempo seguía escribiendo siempre, poemas y cuentos, textos que me sirvieron para publicar posteriormente en el poemario y libro de cuentos que tú conoces.

2-En tu libro de cuentos, hay experiencias vivenciales, como en toda obra literaria, pero así mismo mucha imaginación, como, seguramente imágenes que has visto y experimentado durante tu estancia en otros países. ¿Es así? Cuéntame por favor.

Sí. Reflejan, en parte, la vida agitada que tuve cuando era joven. Al cumplir la mayoría de edad, en ese tiempo veintiún años, mi mayor deseo era, salir de la casa familiar y alejarme por un tiempo. Algunos de los poemas de mi primer libro fueron escritos, aunque muchos quedaron inéditos, en ese primer viaje a Francia. Me fui con una amiga, únicamente con el pasaje de ida, así que, no podía regresar ni pedir auxilio si me hallaba en apuros porque había quemado las naves. Allá trabajaba cuidando niños, y también di clases de Español o incluso trabajé seis meses en el consulado del Ecuador, como secretaria, sólo para reunir plata e irme, porque detestaba los trabajos burocráticos, así que me fui a Inglaterra para trabajar también cuidando niños temporalmente. Viajé por Europa, a veces con amigos, otras me iba sola haciendo auto stop, pasé muchas aventuras y a veces de riesgo, pero la juventud ayuda a salir adelante; algo siempre me protegió, mi madre decía que ella rezaba siempre por mí; debe haberme enviado buenas energías. En Francia estuve también aprendiendo teatro, y me empapé de la problemática social, no solo francesa sino sobre todo latinoamericana, llegué a Francia un año después de mayo 68. Al regresar al Ecuador, me quedé un año y salí nuevamente para conocer los países que estaban al Sur del Ecuador, con la idea de hacer teatro y relacionarme con actores y artistas, y al mismo tiempo conocer la situación de los países gobernados por dictaduras latinoamericanas. Durante ese tiempo iba escribiendo poemas y las impresiones que me dejaba ese viaje; en la Argentina participé en algunos talleres literarios. Las dictaduras fascistas sudamericanas asolaban nuestros países y dejaron huellas dolorosas, fui testigo en Bolivia y sobre todo en Argentina, del autoritarismo y del terror que se vivía en esas sociedades. Vi secuestrar gente en las calles, en los cafés y en las casas, todos estábamos en riesgo de ser desaparecidos, no sólo por el hecho de pensar como pensábamos sino hasta por el hecho de ser jóvenes y tener pinta de estudiantes, hippies o artistas. Así era ese tiempo, y dejaron su marca en mi escritura, no se diga en escritores de verdadera importancia, y en aquellos “desaparecidos” de esa época funesta, como Francisco Urondo, Rodolfo Walsh y tantos otros.
Muchas cosas han sucedido en el mundo en ese lapso, entre mi época de juventud y la de ahora. Estoy consciente de cómo el neoliberalismo dejó una huella nefasta, ningún país escapó a esa influencia y en estos momentos, las consecuencias son todavía impredecibles, pero se nos viene un tiempo muy difícil. Al mismo tiempo, está siempre la idea de que el mundo puede cambiar de un modo que muchos no se lo esperan.

3- Tu hermano Luis, como sabes, vivió aquí, donde fue diplomático (Consejero Cultural de Ecuador) y publicó por Casa de las Américas otra edición de su novela histórica homónima sobre la compañera de luchas de Bolívar, Manuelita Sáenz. Él por supuesto, conoció bastante a nuestro país, pues viajamos a varias provincias, en las que realizamos presentaciones de su famosa novela Manuela y lecturas de poemas, etc. También sabes que él quedó fascinado por nuestro país. En tu caso, ¿qué te impresionó más de tu viaje a Cuba?

Yo he querido ir a Cuba desde hace mucho tiempo. La admiración que muchos latinoamericanos teníamos por la revolución cubana tuvo siempre un lugar en mi conciencia, así como tantos hechos históricos posteriores que vivieron los países latinoamericanos. Sobre todo me impresionó siempre esa fuerza que el pueblo cubano ha tenido para resistir los embates de la potencia agresora a pesar de su cercanía y por el liderazgo de Fidel Castro, ese gran conductor, como te decía, el mayor héroe viviente que tenemos en la actualidad los latinoamericanos. Antes, no tuve oportunidad de ir a Cuba, por falta de dinero y por muchas circunstancias de la vida. Pero ahora que estuve allí, traté de sentir esa historia cercana aún, del proceso revolucionario, de respirar el encanto que posee La Habana, la maravilla de ese mar y la simpatía de su gente. Fue una impresión que la guardaré siempre. Es una pena que no haya podido compartir mucho más con las personas que conocí, con ustedes, y con la gente de todos esos auténticos barrios de La Habana, ojalá pueda en algún momento volver, ya no como una turista, sino para compartir otras experiencias más humanas y sensibles.

4-Es muy hermosa tu biografía novelada sobre el libertador Antonio José de Sucre, ¿Qué te llevó a incursionar en la historia de tu país, y en esta notable figura de la misma?

Cuando trabajaba en el Centro Cultural Metropolitano de la ciudad de Quito, encontré un gran volumen de cartas de Antonio José de Sucre, me dediqué a leerlas, y pude acercarme a esos momentos dramáticos que vivieron nuestros pueblos durante las guerras de independencia hace doscientos años y algo. Las cartas son documentos tan personales, que casi sentía respirar al autor de esas misivas, y veía de cerca todas las preocupaciones y obsesiones que aquel personaje tenía para llevar a cabo su lucha por la libertad de estos pueblos. Sucre fue la mano derecha de Bolívar, el Libertador confiaba tanto en él que le encargó el mando de las guerras más importantes en el Ecuador, Perú y en el Alto Perú, actualmente Bolivia. Sucre fue nombrado general, muy joven, a los 25 o 26 años. El libro recoge los episodios vividos por Sucre desde su entrada en el territorio del Ecuador con la intención de formar el gran ejército del Sur, narra todas las vicisitudes sufridas hasta sellar, con la batalla de Ayacucho, la independencia del continente americano. Fue un reto difícil encarar esta biografía novelada que tiene más de historia que de ficción. Traté de darle un tratamiento más ameno para que no sea como leer una biografía seca y llena de datos y fechas. No sé si cumple con ese objetivo pero dicen que se la lee rápido. Por acá se está escribiendo bastante sobre personajes históricos nacionales. Mi hermano Luis ha tenido mucho éxito con su Manuela, es un personaje que seduce y ha sido recreado en forma acertada y talentosa por Luis.

6-De verdad que fueron, aunque breves, lindos momentos en la Habana contigo. Gracias otra vez, querida amiga.

Gracias a ti y a Mayra por acompañarme en La Habana y por llevarme a conocer a las compañeras de las revistas: Mujeres y Muchacha y a Casa de las Américas. Faltó tiempo, todo fue rápido pero como te decía, son recuerdos lindos que voy a guardarlos en la memoria con mucho afecto.

martes, 10 de agosto de 2010

SOBRE EL CUENTO ECUATORIANO


Hay una constante en los autores reconocidos y no reconocidos de la escritura contemporánea de los ecuatorianos, digna de estudio. Cosa que en mi caso no voy a hacerlo en profundidad porque, la verdad, no soy crítica literaria, hay personas especialistas en este asunto; yo únicamente me limito a realizar comentarios desde mi propia visión y por las sensaciones que me dejan las lecturas, así que es algo aventurado lo que digo, una audacia que me permito en este blog con las debidas disculpas. Igual supongo que es válido expresar como lectores sobre las impresiones que nos dejan las lecturas, creo que siempre se puede aportar a las reflexiones que sobre nuestra literatura, se diga o se escriba.
Desde esta perspectiva, transcribo esta vez, un cuento de Francisco Proaño Arandi, quien por la temática de su obra, entra en ese recinto oscuro al cual me había referido en anteriores ocasiones, inevitablemente se lo relaciona con la cuentística de Palacio, de Dávila Andrade y más cercanos en el tiempo, con Javier Vásconez, Eliécer Cárdenas, cuyos temas se mueven en ámbitos urbanos más o menos sórdidos.
Necesito leer varios textos de los nuevos escritores para tener una idea más completa de lo que se está escribiendo ahora en el Ecuador: confío en que dichos autores irán apareciendo entre las nuevas generaciones que obligatoriamente se darán a conocer, si están empecinados, no obstante el riesgo que representa, en la opción de la escritura literaria. Por el momento doy mis impresiones sobre escritores que conozco más, y luego, ando en ese empeño de leer a los ecuatorianos actuales, cosa que se pone algo difícil por tener dificultad en conseguir libros de cuentos. De todos modos, si cae en mis manos un buen cuento corto lo pondré en el blog, ténganlo por seguro.
Cuentistas no muy conocidos y de algún modo todavía marginales como William Castillo y algunos otros que tanto en la Sierra como en la Costa tienen en común aunque con diferentes miradas, claro, ese transitar por una ciudad sucia por dentro y por fuera, me llevó a pensar, si me lo permiten, en un realismo sucio ecuatoriano, quizás más restringido a un ambiente asfixiante de ciudad serrana comprimida entre montañas, y desarrollando un urbanismo neurótico y depredador, donde se presiente la violencia y opresión, que, una sociedad como la nuestra, ha ido sepultando bajo la costra de siglos, y presenta en su lugar una máscara.

Cuando uno lee a nuestros autores hay algo que duele y despierta rechazo, es lo mismo que puede pasar cuando un individuo confronta a sus fantasmas en una sesión de terapia freudiana. La literatura vista como obra de arte, y no otra cosa, el cuento que guarda una revelación entre líneas, la novela que trasciende, puede salvar, no a su autor sino más bien al lector y a la sociedad que representa, permite que la obra literaria sea un espejo donde podamos mirarnos todos y reconocer nuestros pecados, -para usar un término que nos recuerda ciertos sombríos antecedentes conventuales-, tal vez es la forma de exorcismo que nos permitirá ascender como especie humana desde el submundo de la conciencia colectiva.

FRANCISCO PROAÑO ARANDI
Nació en Cuenca y vivió en Quito desde sus primeros años. Participó en el movimiento Tzánzico de los años 60.
Ha publicado:
Cuentos:
Historias de disecadores (1972), Oposición a la magia (1986), La doblez (1986), Cuentos, antología personal, (1994), Historias del país fingido (2003).
Novelas:
Antiguas caras en el espejo (1984), Del otro lado de las cosas (1993), La razón y el presagio (2003)

IDENTIDAD DE LA PARCA

En siglos anteriores era fácil discernir la identidad de La Parca. Bastaba con aludir a ella según los usuales atributos: esquelética, descarnada, reconocible gracias a la inconfundible calavera que hacía de rostro, armada de la implacable hoz, cabalgando aterradores caballos o parada nada más en el horizonte, esperando paciente que a cada cual le llegara su momento para asestar el irreversible golpe. Era, por decirlo de algún modo, un personaje familiar; latente, distante, pero siempre identificable.
Hoy, eso ya no es posible. La masificación de la sociedad, el desarrollo de grandes conglomerados urbanos, el anonimato que rige la vida en la ciudad, la extrema individualización, el escepticismo, el vértigo cotidiano, han incidido en la desaparición de la Parca como arquetipo, como personaje mítico, como demonio familiar, como entidad simplemente reconocible. Y, sin embargo, sigue actuando, soterrada, invisible, eficaz, inclemente. ¿Cómo entonces identificarla?
Nadie lo sabe y, no obstante, la respuesta se encuentra allí mismo, en el rostro de cada uno. La Parca se ha mimetizado, se ha masificado y ya no necesita de la ridícula utilería del pasado. Ahora, todos podemos ser La Parca para cualquiera de nosotros, o para cualquier otra persona, cualquier transeúnte desprevenido y desconocido.
Suele ocurrir, con frecuencia. Puede ser que decidas visitar a los tiempos a un viejo amigo y esa misma tarde, luego de tu inesperada visita, el amigo de marras muera repentinamente. Puede suceder que de pronto, en la calle, te cruces con algún conocido, o con algún desconocido, lo saludes incluso, o intercambies unas breves frases de compromiso, e igual al final del día o una o dos fechas después, el conocido con quien conversaste o el desconocido cuyo camino se cruzo con el tuyo muera a su vez inexplicablemente.
Lo único que nos queda es esperar. Pero quién de entre todos ustedes con quien a diario trabajo, me cruzo en la calle, converso, compito, hago el amor, comparto mil encontradas pasiones, será un día, mañana u hoy mismo mi Parca? ¿De quién a mi vez, seré, habré sido ya, la Parca, la mensajera maldita e inapelable?
Vuelves los ojos hacia tus amistades, tus familiares, tu cónyuge, y no alcanzas a identificarla. Y sabes, sin embargo, tienes la certidumbre, que está allí, en alguna parte, enmascarada entre tantos rostros, invisible, pronta a dar, para ti y solamente para ti, el zarpazo final.
(De historias del país fingido 2003)

jueves, 5 de agosto de 2010

CUENTO

Máquina del tiempo, es un cuento que tiene relación con lo dicho en la entrada anterior, por eso lo pongo ahora en el blog. Lo escribí hace varios años, no sé si sea interesante en el aspecto literario pero tiene un valor afectivo en lo personal. Ya sacaré en las próximas entradas cuentos de autores más interesantes.


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MAQUINA DEL TIEMPO

( En memoria de F.Z.P)

Esa caja de madera sería ideal, dijo Rosa, abriéndose paso entre los cachivaches que su abuela había ido reuniendo en decenas de años. Ven acá, llamó a Julián, ayúdame que esto pesa, lo sacaremos afuera, allá hay espacio, será nuestra máquina del tiempo, nos servirá hasta que seamos mayores, nunca dejaremos de jugar, te juro y tú también tienes que prometerlo. A ver Julián, júramelo. Sí, bueno, espero que te acuerdes después, respondió. Sí, y tú también…
Rosa ve, algo borrosos, los montes salpicados por esporádicas manchas blancas; eran las pequeñas casitas surgiendo de alguno que otro punto, lejanas como su infancia. Ahora, la artritis no le deja caminar como ella quisiera. El año pasado todavía andaba bien, le cuesta un poco salir esa mañana a sembrar papas en la pequeña chacra; tiene que hacerlo, o en la próxima temporada de cosecha no habría nada para comer, esto es vivir la realidad presente, piensa. Una sensación que había creído esfumada en el pasado le llega de repente y sonríe por esa infantil ensoñación: no hay máquinas del tiempo que valgan, no existen, monologa en alta voz, aunque sí, reflexiona, las tenemos en la cabeza, hasta podemos mirar los detalles. Recuerdo por ejemplo, la ropa que estaba puesta ese día, cuando descubrí la máquina del tiempo con mi hermano. Era un vestidito de esos que me hacía la abuela, un vestidito de algodón a cuadros, café y rojo con botones dorados en el pecho. Tenía siete años, peinaba dos trenzas y las piernas largas me hacían más alta que las niñas de mi edad; daba zancadas para atravesar los cajones y tablas arrumadas entre el polvo y las telas de araña.
Mi hermano de cinco años, de ojos grandes y perplejos, me seguía a todas partes. Nos gustaba tanto introducirnos en esos recovecos, siempre imaginaba que habría un pasadizo secreto para escapar juntos. Y escapamos muchas veces, creo que él no volvió, ahora está en un sanatorio; se quedó en ese corredor sin final con sus grandes ojos desolados.
Y yo, ahora empeñada en sembrar patatas; la lluvia amenaza y debo apurarme, pongo en cada surco la semilla y la entierro con el pie, lo aprendí de uno de los niños de los alrededores. Los dos vecinos hacen lo mismo en la otra sementera, me señalan las nubes negras que se acercan rápidamente, es tal su densidad y la obscuridad que traen, eso me hace temer que se trate de las nubes de ceniza del volcán en erupción no muy lejano. Pero no, es lluvia, es la tempestad que se desatará en pocos minutos. Debo correr a mi choza: cuatro paredes rectangulares de adobe que me protegen, hay una especie de cobertizo afuera y una hamaca pende de los postes de madera. Cuando llueve oigo su repiquetear sobre el zinc del techo, es como oír las notas complicadas de un instrumento musical. Muchas veces escucho ese interminable concierto al acostarme por las noches, y lo sigo escuchando hasta quedar dormida.
En la mañana voy a recoger agua del estanque cercano y converso con los vecinos. Me ocupo también haciendo actividades creativas con los niños del sector que a veces vienen de lejos; a cambio, los padres me traen generosamente verduras de su chacra, alguna vez una gallinita ponedora o el pan recién horneado. Yo también tengo un pequeño horno de pan y me gusta hacerlo; el pan de maíz o de trigo lo comparto con los niños, qué bueno sale, le pongo huevos y un poco de mantequilla.
El tiempo que estoy con los chicos transcurre alegre en la mañana, dos o tres horas: lo suficiente para enseñarles a leer, para que dibujen y hagan figuras y casitas con ramas y piedras que encuentran a su alrededor, después nos ponemos a escuchar el sonido del viento agitando las hojas y ramas de los árboles, el trinar de las aves, el sonido de nuestra voz y a veces también la música del viejo tocadiscos; ellos dramatizan sus cuentos o los míos. A veces cocinamos algo y comen felices sobre la hierba; otras, me ayudan a plantar y les ponen nombres a las plantas que cada uno siembra y todos los días se aseguran de su crecimiento.
Hoy los niños han venido temprano al taller, nos ponemos a trabajar como de costumbre y se me ocurre que los cartones y periódicos que han traído servirían para fabricar una máquina del tiempo como en la remota infancia. No recuerdo la forma exacta que le habíamos dado con mi hermano, pero sí la sensación acelerada de la emoción al vernos dentro de la máquina, y el viaje sin fin que se suponía realizaríamos al introducirnos en ella con mucha dificultad, y quedar todo apretujados esperando que algo sucediera, y sucedía en nuestras cabezas, lo íbamos interpretando mientras hablábamos quedamente y hacíamos ruidos con la boca.
De modo que el entusiasmo colectivo de los niños al mencionarles la máquina del tiempo es inmediato, y pasan a la acción sin esperar más palabras, parece que saben lo que hacen y yo colaboro con ellos, espero las pautas que me van dando y pongo atención a la forma concreta que irá tomando hasta darle la consistencia de una máquina del tiempo, claro.
Después de mucho ir y venir de cartones, papeles y goma, nuestra máquina, hecha para que entraran todos los niños en ella, adquiere una forma: un poliedro irregular y extraño que además lo pintan con colores vivos en contraste con otros oscuros, igual que un caleidoscopio. La alegría de los niños y su interés van en aumento, así como su deseo de introducirse en el aparato que parece hecho para que todo el grupo calzara como en un zapato. Uno a uno se van introduciendo y finalmente cierran la tapa y yo me quedo afuera, contemplando cómo el aparato se va hinchando y finalmente, con el zumbido de mil avispas, rueda unos dos metros por el terreno en ligera pendiente y al caer en una pequeña zanja se revienta como un huevo; de allí salen corriendo los niños y vienen sudorosos a contarme la experiencia, alguno que otro contuso se agarra la cabeza o el brazo que se ha golpeado en el volcamiento, pero no hay nada de qué preocuparse. Están contentos y su imaginación da paso a las más fantásticas historias; no se van a olvidar de esto, pienso, y vuelvo a mi faena del mediodía. Después, los niños se alejan riendo y parloteando hasta perderse por el caminito de tierra.
La noche es clara y llena de estrellas, me quedo sentada en el cobertizo, contemplando el resplandor del cielo nocturno, tan despejado que puedo distinguir las constelaciones. De pronto surge un lucero que va creciendo y desplazándose hasta quedar sobre mi cabeza, enfocándome con su luz. Caramba, digo con algo de temor, pero también siento una gran curiosidad. Recuerdo, en ese instante, la película que había visto algunas vez hace mucho tiempo: “Matadero 5”, basada en la novela de ese escritor, ¿cómo es?..., un loco simpático medio alucinado ese Vonnegut. Recuerdo también cuando el ovni se llevaba al personaje junto a su perro, y ahora esto, qué es aquello, ¿viene a llevarme?, ¿es la máquina del tiempo que funciona tardíamente?, me pregunto azorada. Quisiera correr a la casa, pero me quedo quieta. Ya antes me parecía haber visto cosas parecidas, aunque de lejos, pero esta vez está sobre mí. La luz es cada vez más amplia y de pronto entro en estado de somnolencia, hubo más sensaciones, imágenes que no recuerdo.
Despierto al otro día en mi cama, la mañana es fresca, voy a recoger un poco de agua para hervirla y hacer una mazamorra con avena y panela, falta ponerle un poco de leche, no está tan mal, digo mirando el horizonte soleado del campo. Espero ver aparecer a los niños por el estrecho caminito de tierra. No siento nostalgia, no hay recuerdos tristes ni de exagerada alegría, me siento bien, el presente es la mejor condición, pienso, mientras mastico un pedazo de pan.

Yvonne Zúñiga

martes, 3 de agosto de 2010

REINVENTAR UNA SOCIEDAD

Cuando veo en las noticias de la tv., un montón de personas durmiendo en las calles bajo la lluvia para matricular a sus hijos a cualquier costo, es decir, jugándose la vida en esa lucha para que los niños y jóvenes puedan finalmente alcanzar la sabiduría en aquellos templos del conocimiento que supuestamente son las escuelas y colegios, me pregunto, ¿qué significa esa escena patética y sin sentido?
¿Para qué tanto escándalo? ¿Vale la pena? Repito. Y el ministerio en pánico sin saber cómo resolver semejante avalancha. Pensando en una solución práctica e inmediata, les doy una pequeña ayuda algo imaginativa y pragmática ante semejante realidad. Si ya estaban inscritos a través del Internet una buena mayoría de estudiantes, por qué al resto que estaba sin matrícula, no les concedían la posibilidad del estudio a distancia, cosa que creo sí existe, dentro de las posibilidades que da el estado, para que la instrucción-educación, esté al alcance de todos.
De todos modos si en el presente la imaginación estuviera en el poder, como se aspiraba en el mayo 68 francés, todas aquelllas situaciones penosas habrían desaparecido hace mucho.
Así que me arriesgo a poner un poco de imaginación, si me lo permiten, y a reinventar la educación que sería la base para también reinventar un país.
Y recordando a los héroes del dos de agosto y a tantos héroes de revoluciones y de guerras en el mundo, nos preguntamos si tanta sangre, que ha corrido en la historia de esta humanidad, ha logrado concretar las aspiraciones de Libertad, Igualdad y Fraternidad, si tantas luchas con diferentes estilos filosofías y métodos, han logrado esas transformaciones realmente.

En esos mismos templos de la educación, que son tan numerosos y con innumerables espacios fríos y vacíos, se podría crear un nuevo sistema educativo para albergar a niños y jóvenes que en la actualidad andan sin saber para dónde orientar sus vidas, pues lo que se les ofrece no despierta su curiosidad, ni su imaginación, ni sus necesidades afectivas. Por eso están volcados al Internet, a los juegos que la pantalla les da para aturdirse y en general a las ilusiones peligrosas que la sociedad actual les posibilita para evadirse y penetrar en el círculo de la violencia. Porque en el actual estado de cosas, se educa para la violencia, para destruir y autodestruirse.
Si se escribiera un libro sobre las experiencias escolares de niños, jóvenes y maestros, encontraríamos tanta arbitrariedad y sufrimiento, sería un libro doloroso que nos avergonzaría como seres humanos.
Y como una contribución a recuperar esos ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y justamente para no caer en el trágico pesimismo, les propongo una pequeña salida imaginativa que tal vez a los jóvenes que se quedaron sin matrícula sí les va a gustar. No sé a los padres, porque ellos están convencidos y creen ciegamente, que la matrícula es el pasaje al paraíso y a una vida futura de riqueza y bienestar.
¿Por qué no?, pensar en borrar todo ese andamiaje instructivo-educativo absurdo y represivo, y comenzar creando talleres de creatividad, donde se ponga énfasis en los principios humanistas y de solidaridad, y que estos sean la base para multiplicar talleres de teatro, talleres de pintura, de lectura, de artesanías, de expresión corporal, de danza, de atletismo, agricultura, matemáticas, biología, física, etc. Donde cada persona siga sus intuiciones y su vocación. Multiplicar las bibliotecas, videotecas, musicotecas. Todo esto sin necesidad de exámenes represores, pues estos sólo contribuyen a humillar y bajar la autoestima de los jóvenes y niños. El sistema de evaluación lo debería realizar cada individuo para saber su avance en los conocimientos que por iniciativa propia desee alcanzar sin presiones de otros. Por qué no pensar en crear una humanidad más feliz y detener los métodos que restringen las capacidades naturales y seguramente más nobles. Creer que sólo el autoritarismo y la represión logran domar o domesticar a los seres humanos, y esto, pensando sólo en el otro, porque quienes imparten estos conceptos, finalmente, de opresión, seguramente no aceptarían tales humillaciones, y nunca permitirían ser atropellados o sometidos a la voluntad ajena. En el actual estado de cosas, la sociedad, en general, educa para la violencia y la opresión. Las medidas que se toman desde los poderes, no importa de donde provengan, son siempre coercitivas, en lugar de pensar en despertar la conciencia de la gente para el razonamiento y la participación en las tareas colectivas.
¿Por qué no podemos pensar en una revolución cultural de esas dimensiones?????