martes, 10 de agosto de 2010

SOBRE EL CUENTO ECUATORIANO


Hay una constante en los autores reconocidos y no reconocidos de la escritura contemporánea de los ecuatorianos, digna de estudio. Cosa que en mi caso no voy a hacerlo en profundidad porque, la verdad, no soy crítica literaria, hay personas especialistas en este asunto; yo únicamente me limito a realizar comentarios desde mi propia visión y por las sensaciones que me dejan las lecturas, así que es algo aventurado lo que digo, una audacia que me permito en este blog con las debidas disculpas. Igual supongo que es válido expresar como lectores sobre las impresiones que nos dejan las lecturas, creo que siempre se puede aportar a las reflexiones que sobre nuestra literatura, se diga o se escriba.
Desde esta perspectiva, transcribo esta vez, un cuento de Francisco Proaño Arandi, quien por la temática de su obra, entra en ese recinto oscuro al cual me había referido en anteriores ocasiones, inevitablemente se lo relaciona con la cuentística de Palacio, de Dávila Andrade y más cercanos en el tiempo, con Javier Vásconez, Eliécer Cárdenas, cuyos temas se mueven en ámbitos urbanos más o menos sórdidos.
Necesito leer varios textos de los nuevos escritores para tener una idea más completa de lo que se está escribiendo ahora en el Ecuador: confío en que dichos autores irán apareciendo entre las nuevas generaciones que obligatoriamente se darán a conocer, si están empecinados, no obstante el riesgo que representa, en la opción de la escritura literaria. Por el momento doy mis impresiones sobre escritores que conozco más, y luego, ando en ese empeño de leer a los ecuatorianos actuales, cosa que se pone algo difícil por tener dificultad en conseguir libros de cuentos. De todos modos, si cae en mis manos un buen cuento corto lo pondré en el blog, ténganlo por seguro.
Cuentistas no muy conocidos y de algún modo todavía marginales como William Castillo y algunos otros que tanto en la Sierra como en la Costa tienen en común aunque con diferentes miradas, claro, ese transitar por una ciudad sucia por dentro y por fuera, me llevó a pensar, si me lo permiten, en un realismo sucio ecuatoriano, quizás más restringido a un ambiente asfixiante de ciudad serrana comprimida entre montañas, y desarrollando un urbanismo neurótico y depredador, donde se presiente la violencia y opresión, que, una sociedad como la nuestra, ha ido sepultando bajo la costra de siglos, y presenta en su lugar una máscara.

Cuando uno lee a nuestros autores hay algo que duele y despierta rechazo, es lo mismo que puede pasar cuando un individuo confronta a sus fantasmas en una sesión de terapia freudiana. La literatura vista como obra de arte, y no otra cosa, el cuento que guarda una revelación entre líneas, la novela que trasciende, puede salvar, no a su autor sino más bien al lector y a la sociedad que representa, permite que la obra literaria sea un espejo donde podamos mirarnos todos y reconocer nuestros pecados, -para usar un término que nos recuerda ciertos sombríos antecedentes conventuales-, tal vez es la forma de exorcismo que nos permitirá ascender como especie humana desde el submundo de la conciencia colectiva.

FRANCISCO PROAÑO ARANDI
Nació en Cuenca y vivió en Quito desde sus primeros años. Participó en el movimiento Tzánzico de los años 60.
Ha publicado:
Cuentos:
Historias de disecadores (1972), Oposición a la magia (1986), La doblez (1986), Cuentos, antología personal, (1994), Historias del país fingido (2003).
Novelas:
Antiguas caras en el espejo (1984), Del otro lado de las cosas (1993), La razón y el presagio (2003)

IDENTIDAD DE LA PARCA

En siglos anteriores era fácil discernir la identidad de La Parca. Bastaba con aludir a ella según los usuales atributos: esquelética, descarnada, reconocible gracias a la inconfundible calavera que hacía de rostro, armada de la implacable hoz, cabalgando aterradores caballos o parada nada más en el horizonte, esperando paciente que a cada cual le llegara su momento para asestar el irreversible golpe. Era, por decirlo de algún modo, un personaje familiar; latente, distante, pero siempre identificable.
Hoy, eso ya no es posible. La masificación de la sociedad, el desarrollo de grandes conglomerados urbanos, el anonimato que rige la vida en la ciudad, la extrema individualización, el escepticismo, el vértigo cotidiano, han incidido en la desaparición de la Parca como arquetipo, como personaje mítico, como demonio familiar, como entidad simplemente reconocible. Y, sin embargo, sigue actuando, soterrada, invisible, eficaz, inclemente. ¿Cómo entonces identificarla?
Nadie lo sabe y, no obstante, la respuesta se encuentra allí mismo, en el rostro de cada uno. La Parca se ha mimetizado, se ha masificado y ya no necesita de la ridícula utilería del pasado. Ahora, todos podemos ser La Parca para cualquiera de nosotros, o para cualquier otra persona, cualquier transeúnte desprevenido y desconocido.
Suele ocurrir, con frecuencia. Puede ser que decidas visitar a los tiempos a un viejo amigo y esa misma tarde, luego de tu inesperada visita, el amigo de marras muera repentinamente. Puede suceder que de pronto, en la calle, te cruces con algún conocido, o con algún desconocido, lo saludes incluso, o intercambies unas breves frases de compromiso, e igual al final del día o una o dos fechas después, el conocido con quien conversaste o el desconocido cuyo camino se cruzo con el tuyo muera a su vez inexplicablemente.
Lo único que nos queda es esperar. Pero quién de entre todos ustedes con quien a diario trabajo, me cruzo en la calle, converso, compito, hago el amor, comparto mil encontradas pasiones, será un día, mañana u hoy mismo mi Parca? ¿De quién a mi vez, seré, habré sido ya, la Parca, la mensajera maldita e inapelable?
Vuelves los ojos hacia tus amistades, tus familiares, tu cónyuge, y no alcanzas a identificarla. Y sabes, sin embargo, tienes la certidumbre, que está allí, en alguna parte, enmascarada entre tantos rostros, invisible, pronta a dar, para ti y solamente para ti, el zarpazo final.
(De historias del país fingido 2003)

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