martes, 10 de agosto de 2010

SOBRE EL CUENTO ECUATORIANO


Hay una constante en los autores reconocidos y no reconocidos de la escritura contemporánea de los ecuatorianos, digna de estudio. Cosa que en mi caso no voy a hacerlo en profundidad porque, la verdad, no soy crítica literaria, hay personas especialistas en este asunto; yo únicamente me limito a realizar comentarios desde mi propia visión y por las sensaciones que me dejan las lecturas, así que es algo aventurado lo que digo, una audacia que me permito en este blog con las debidas disculpas. Igual supongo que es válido expresar como lectores sobre las impresiones que nos dejan las lecturas, creo que siempre se puede aportar a las reflexiones que sobre nuestra literatura, se diga o se escriba.
Desde esta perspectiva, transcribo esta vez, un cuento de Francisco Proaño Arandi, quien por la temática de su obra, entra en ese recinto oscuro al cual me había referido en anteriores ocasiones, inevitablemente se lo relaciona con la cuentística de Palacio, de Dávila Andrade y más cercanos en el tiempo, con Javier Vásconez, Eliécer Cárdenas, cuyos temas se mueven en ámbitos urbanos más o menos sórdidos.
Necesito leer varios textos de los nuevos escritores para tener una idea más completa de lo que se está escribiendo ahora en el Ecuador: confío en que dichos autores irán apareciendo entre las nuevas generaciones que obligatoriamente se darán a conocer, si están empecinados, no obstante el riesgo que representa, en la opción de la escritura literaria. Por el momento doy mis impresiones sobre escritores que conozco más, y luego, ando en ese empeño de leer a los ecuatorianos actuales, cosa que se pone algo difícil por tener dificultad en conseguir libros de cuentos. De todos modos, si cae en mis manos un buen cuento corto lo pondré en el blog, ténganlo por seguro.
Cuentistas no muy conocidos y de algún modo todavía marginales como William Castillo y algunos otros que tanto en la Sierra como en la Costa tienen en común aunque con diferentes miradas, claro, ese transitar por una ciudad sucia por dentro y por fuera, me llevó a pensar, si me lo permiten, en un realismo sucio ecuatoriano, quizás más restringido a un ambiente asfixiante de ciudad serrana comprimida entre montañas, y desarrollando un urbanismo neurótico y depredador, donde se presiente la violencia y opresión, que, una sociedad como la nuestra, ha ido sepultando bajo la costra de siglos, y presenta en su lugar una máscara.

Cuando uno lee a nuestros autores hay algo que duele y despierta rechazo, es lo mismo que puede pasar cuando un individuo confronta a sus fantasmas en una sesión de terapia freudiana. La literatura vista como obra de arte, y no otra cosa, el cuento que guarda una revelación entre líneas, la novela que trasciende, puede salvar, no a su autor sino más bien al lector y a la sociedad que representa, permite que la obra literaria sea un espejo donde podamos mirarnos todos y reconocer nuestros pecados, -para usar un término que nos recuerda ciertos sombríos antecedentes conventuales-, tal vez es la forma de exorcismo que nos permitirá ascender como especie humana desde el submundo de la conciencia colectiva.

jueves, 5 de agosto de 2010

CUENTO

Máquina del tiempo, es un cuento que tiene relación con lo dicho en la entrada anterior, por eso lo pongo ahora en el blog. Lo escribí hace varios años, no sé si sea interesante en el aspecto literario pero tiene un valor afectivo en lo personal. Ya sacaré en las próximas entradas cuentos de autores más interesantes.


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MAQUINA DEL TIEMPO

( En memoria de F.Z.P)

Esa caja de madera sería ideal, dijo Rosa, abriéndose paso entre los cachivaches que su abuela había ido reuniendo en decenas de años. Ven acá, llamó a Julián, ayúdame que esto pesa, lo sacaremos afuera, allá hay espacio, será nuestra máquina del tiempo, nos servirá hasta que seamos mayores, nunca dejaremos de jugar, te juro y tú también tienes que prometerlo. A ver Julián, júramelo. Sí, bueno, espero que te acuerdes después, respondió. Sí, y tú también…
Rosa ve, algo borrosos, los montes salpicados por esporádicas manchas blancas; eran las pequeñas casitas surgiendo de alguno que otro punto, lejanas como su infancia. Ahora, la artritis no le deja caminar como ella quisiera. El año pasado todavía andaba bien, le cuesta un poco salir esa mañana a sembrar papas en la pequeña chacra; tiene que hacerlo, o en la próxima temporada de cosecha no habría nada para comer, esto es vivir la realidad presente, piensa. Una sensación que había creído esfumada en el pasado le llega de repente y sonríe por esa infantil ensoñación: no hay máquinas del tiempo que valgan, no existen, monologa en alta voz, aunque sí, reflexiona, las tenemos en la cabeza, hasta podemos mirar los detalles. Recuerdo por ejemplo, la ropa que estaba puesta ese día, cuando descubrí la máquina del tiempo con mi hermano. Era un vestidito de esos que me hacía la abuela, un vestidito de algodón a cuadros, café y rojo con botones dorados en el pecho. Tenía siete años, peinaba dos trenzas y las piernas largas me hacían más alta que las niñas de mi edad; daba zancadas para atravesar los cajones y tablas arrumadas entre el polvo y las telas de araña.
Mi hermano de cinco años, de ojos grandes y perplejos, me seguía a todas partes. Nos gustaba tanto introducirnos en esos recovecos, siempre imaginaba que habría un pasadizo secreto para escapar juntos. Y escapamos muchas veces, creo que él no volvió, ahora está en un sanatorio; se quedó en ese corredor sin final con sus grandes ojos desolados.
Y yo, ahora empeñada en sembrar patatas; la lluvia amenaza y debo apurarme, pongo en cada surco la semilla y la entierro con el pie, lo aprendí de uno de los niños de los alrededores. Los dos vecinos hacen lo mismo en la otra sementera, me señalan las nubes negras que se acercan rápidamente, es tal su densidad y la obscuridad que traen, eso me hace temer que se trate de las nubes de ceniza del volcán en erupción no muy lejano. Pero no, es lluvia, es la tempestad que se desatará en pocos minutos. Debo correr a mi choza: cuatro paredes rectangulares de adobe que me protegen, hay una especie de cobertizo afuera y una hamaca pende de los postes de madera. Cuando llueve oigo su repiquetear sobre el zinc del techo, es como oír las notas complicadas de un instrumento musical. Muchas veces escucho ese interminable concierto al acostarme por las noches, y lo sigo escuchando hasta quedar dormida.
En la mañana voy a recoger agua del estanque cercano y converso con los vecinos. Me ocupo también haciendo actividades creativas con los niños del sector que a veces vienen de lejos; a cambio, los padres me traen generosamente verduras de su chacra, alguna vez una gallinita ponedora o el pan recién horneado. Yo también tengo un pequeño horno de pan y me gusta hacerlo; el pan de maíz o de trigo lo comparto con los niños, qué bueno sale, le pongo huevos y un poco de mantequilla.
El tiempo que estoy con los chicos transcurre alegre en la mañana, dos o tres horas: lo suficiente para enseñarles a leer, para que dibujen y hagan figuras y casitas con ramas y piedras que encuentran a su alrededor, después nos ponemos a escuchar el sonido del viento agitando las hojas y ramas de los árboles, el trinar de las aves, el sonido de nuestra voz y a veces también la música del viejo tocadiscos; ellos dramatizan sus cuentos o los míos. A veces cocinamos algo y comen felices sobre la hierba; otras, me ayudan a plantar y les ponen nombres a las plantas que cada uno siembra y todos los días se aseguran de su crecimiento.
Hoy los niños han venido temprano al taller, nos ponemos a trabajar como de costumbre y se me ocurre que los cartones y periódicos que han traído servirían para fabricar una máquina del tiempo como en la remota infancia. No recuerdo la forma exacta que le habíamos dado con mi hermano, pero sí la sensación acelerada de la emoción al vernos dentro de la máquina, y el viaje sin fin que se suponía realizaríamos al introducirnos en ella con mucha dificultad, y quedar todo apretujados esperando que algo sucediera, y sucedía en nuestras cabezas, lo íbamos interpretando mientras hablábamos quedamente y hacíamos ruidos con la boca.
De modo que el entusiasmo colectivo de los niños al mencionarles la máquina del tiempo es inmediato, y pasan a la acción sin esperar más palabras, parece que saben lo que hacen y yo colaboro con ellos, espero las pautas que me van dando y pongo atención a la forma concreta que irá tomando hasta darle la consistencia de una máquina del tiempo, claro.
Después de mucho ir y venir de cartones, papeles y goma, nuestra máquina, hecha para que entraran todos los niños en ella, adquiere una forma: un poliedro irregular y extraño que además lo pintan con colores vivos en contraste con otros oscuros, igual que un caleidoscopio. La alegría de los niños y su interés van en aumento, así como su deseo de introducirse en el aparato que parece hecho para que todo el grupo calzara como en un zapato. Uno a uno se van introduciendo y finalmente cierran la tapa y yo me quedo afuera, contemplando cómo el aparato se va hinchando y finalmente, con el zumbido de mil avispas, rueda unos dos metros por el terreno en ligera pendiente y al caer en una pequeña zanja se revienta como un huevo; de allí salen corriendo los niños y vienen sudorosos a contarme la experiencia, alguno que otro contuso se agarra la cabeza o el brazo que se ha golpeado en el volcamiento, pero no hay nada de qué preocuparse. Están contentos y su imaginación da paso a las más fantásticas historias; no se van a olvidar de esto, pienso, y vuelvo a mi faena del mediodía. Después, los niños se alejan riendo y parloteando hasta perderse por el caminito de tierra.
La noche es clara y llena de estrellas, me quedo sentada en el cobertizo, contemplando el resplandor del cielo nocturno, tan despejado que puedo distinguir las constelaciones. De pronto surge un lucero que va creciendo y desplazándose hasta quedar sobre mi cabeza, enfocándome con su luz. Caramba, digo con algo de temor, pero también siento una gran curiosidad. Recuerdo, en ese instante, la película que había visto algunas vez hace mucho tiempo: “Matadero 5”, basada en la novela de ese escritor, ¿cómo es?..., un loco simpático medio alucinado ese Vonnegut. Recuerdo también cuando el ovni se llevaba al personaje junto a su perro, y ahora esto, qué es aquello, ¿viene a llevarme?, ¿es la máquina del tiempo que funciona tardíamente?, me pregunto azorada. Quisiera correr a la casa, pero me quedo quieta. Ya antes me parecía haber visto cosas parecidas, aunque de lejos, pero esta vez está sobre mí. La luz es cada vez más amplia y de pronto entro en estado de somnolencia, hubo más sensaciones, imágenes que no recuerdo.
Despierto al otro día en mi cama, la mañana es fresca, voy a recoger un poco de agua para hervirla y hacer una mazamorra con avena y panela, falta ponerle un poco de leche, no está tan mal, digo mirando el horizonte soleado del campo. Espero ver aparecer a los niños por el estrecho caminito de tierra. No siento nostalgia, no hay recuerdos tristes ni de exagerada alegría, me siento bien, el presente es la mejor condición, pienso, mientras mastico un pedazo de pan.

Yvonne Zúñiga

martes, 3 de agosto de 2010

REINVENTAR UNA SOCIEDAD

Cuando veo en las noticias de la tv., un montón de personas durmiendo en las calles bajo la lluvia para matricular a sus hijos a cualquier costo, es decir, jugándose la vida en esa lucha para que los niños y jóvenes puedan finalmente alcanzar la sabiduría en aquellos templos del conocimiento que supuestamente son las escuelas y colegios, me pregunto, ¿qué significa esa escena patética y sin sentido?
¿Para qué tanto escándalo? ¿Vale la pena? Repito. Y el ministerio en pánico sin saber cómo resolver semejante avalancha. Pensando en una solución práctica e inmediata, les doy una pequeña ayuda algo imaginativa y pragmática ante semejante realidad. Si ya estaban inscritos a través del Internet una buena mayoría de estudiantes, por qué al resto que estaba sin matrícula, no les concedían la posibilidad del estudio a distancia, cosa que creo sí existe, dentro de las posibilidades que da el estado, para que la instrucción-educación, esté al alcance de todos.
De todos modos si en el presente la imaginación estuviera en el poder, como se aspiraba en el mayo 68 francés, todas aquelllas situaciones penosas habrían desaparecido hace mucho.
Así que me arriesgo a poner un poco de imaginación, si me lo permiten, y a reinventar la educación que sería la base para también reinventar un país.
Y recordando a los héroes del dos de agosto y a tantos héroes de revoluciones y de guerras en el mundo, nos preguntamos si tanta sangre, que ha corrido en la historia de esta humanidad, ha logrado concretar las aspiraciones de Libertad, Igualdad y Fraternidad, si tantas luchas con diferentes estilos filosofías y métodos, han logrado esas transformaciones realmente.

En esos mismos templos de la educación, que son tan numerosos y con innumerables espacios fríos y vacíos, se podría crear un nuevo sistema educativo para albergar a niños y jóvenes que en la actualidad andan sin saber para dónde orientar sus vidas, pues lo que se les ofrece no despierta su curiosidad, ni su imaginación, ni sus necesidades afectivas. Por eso están volcados al Internet, a los juegos que la pantalla les da para aturdirse y en general a las ilusiones peligrosas que la sociedad actual les posibilita para evadirse y penetrar en el círculo de la violencia. Porque en el actual estado de cosas, se educa para la violencia, para destruir y autodestruirse.
Si se escribiera un libro sobre las experiencias escolares de niños, jóvenes y maestros, encontraríamos tanta arbitrariedad y sufrimiento, sería un libro doloroso que nos avergonzaría como seres humanos.
Y como una contribución a recuperar esos ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y justamente para no caer en el trágico pesimismo, les propongo una pequeña salida imaginativa que tal vez a los jóvenes que se quedaron sin matrícula sí les va a gustar. No sé a los padres, porque ellos están convencidos y creen ciegamente, que la matrícula es el pasaje al paraíso y a una vida futura de riqueza y bienestar.
¿Por qué no?, pensar en borrar todo ese andamiaje instructivo-educativo absurdo y represivo, y comenzar creando talleres de creatividad, donde se ponga énfasis en los principios humanistas y de solidaridad, y que estos sean la base para multiplicar talleres de teatro, talleres de pintura, de lectura, de artesanías, de expresión corporal, de danza, de atletismo, agricultura, matemáticas, biología, física, etc. Donde cada persona siga sus intuiciones y su vocación. Multiplicar las bibliotecas, videotecas, musicotecas. Todo esto sin necesidad de exámenes represores, pues estos sólo contribuyen a humillar y bajar la autoestima de los jóvenes y niños. El sistema de evaluación lo debería realizar cada individuo para saber su avance en los conocimientos que por iniciativa propia desee alcanzar sin presiones de otros. Por qué no pensar en crear una humanidad más feliz y detener los métodos que restringen las capacidades naturales y seguramente más nobles. Creer que sólo el autoritarismo y la represión logran domar o domesticar a los seres humanos, y esto, pensando sólo en el otro, porque quienes imparten estos conceptos, finalmente, de opresión, seguramente no aceptarían tales humillaciones, y nunca permitirían ser atropellados o sometidos a la voluntad ajena. En el actual estado de cosas, la sociedad, en general, educa para la violencia y la opresión. Las medidas que se toman desde los poderes, no importa de donde provengan, son siempre coercitivas, en lugar de pensar en despertar la conciencia de la gente para el razonamiento y la participación en las tareas colectivas.
¿Por qué no podemos pensar en una revolución cultural de esas dimensiones?????

miércoles, 21 de julio de 2010

El cuento...

Esta vez voy a poner un cuento de Clarice Lispector. Recuerdo que la primera vez que descubrí a esta escritora brasileña, fue al leer un texto suyo en la revista “Puro cuento” Una publicación argentina excelente, dedicada únicamente a este género literario, la revista ya no sale más en Buenos Aires desde hace muchos años, lamentablemente. Era una publicación de bajo costo que se vendía en los kioscos de diarios y hacía su difusión, cuando no tenían recursos, poniendo avisos en las carteleras de las estaciones de trenes o en las paradas de autobús, como en el caso de las revistas comic underground. Publicaciones como ésta podrían hacerse en cualquier parte, con bajo costo para ponerlas al alcance de todos, y de ese modo, hacer que la gente se acostumbre a leer ficción y otros temas literarios.

Existen contadas revistas literarias publicadas en nuestro medio, alguna de distribución gratuita, alguna otra de bajo costo y que podría estar al alcance de cualquier lector, pero no se las conoce mucho tal vez porque su distribución es reducida, otras más caras y supongo que tienen su cupo de lectores en cada número, y sobreviven como pueden. No es fácil, lo sé, sobre todo en un medio donde la mayor parte de la población no ha sido formada para interesarse por temas literarios, o por el Arte en general. Vivimos una realidad hecha para leer sobre fútbol, crónica roja y escándalos políticos o politiqueros, como quieran llamarlos. Y en el caso de los medios televisivos, habría que analizar uno a uno esos programas para ver cuál merecería la pena ver, y como dichos medios no quieren perder su raiting, -¿así se dice?- deben pensar que la gente no merece más que esos tristes y malos programas que ponen en la tele, para que pasen el rato entretenidos, distraídos, alienados, aturdidos, embrutecidos.

Sé que el lugar común cuando se habla de ciertos temas, es ser tachado de amargado o resentido. Pero no importa en realidad, hay que perder el miedo al “qué dirán” para ir más allá de lo tibio y superficial, y no quedarse en lo “bonito”, ligero, o new age. Todavía nos manejamos con bastantes prejuicios y por esa razón ponemos una muralla de calificativos para no profundizar en lo que somos, para no reconocernos, para no mirarnos en un espejo, en fin, para tapar la boca a los otros (hay muchas formas de censura). El Arte debe reflejar el espectro que ocultamos colectivamente y que en la realidad está omnipresente y disfrazado.
Según C.G.Jung…”la psique humana tiene la capacidad de producir imágenes arquetípicas inmemoriales, que lejos de desaparecer son heredadas por las generaciones sucesivas de hombres y mujeres. Estos arquetipos agrupados en el subconsciente colectivo, pueden aparecer en los sueños y en los mitos” Y del mismo modo pueden reaparecer en los argumentos, personajes, imágenes de las obras literarias: sean éstas, cuentos, novelas o poemas. La Literatura, en este caso, será siempre una suerte de palimpsesto a descifrar, y eso es lo que tiene de apasionante, el acto de leer, cuando tenemos en nuestras manos un buen cuento o una buena novela.
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Volviendo a Clarice Lispector. Es una narradora que se considera a sí misma hermética y oscura; ha sido comparada con Virginia Woolf y James Joyce por la técnica del flujo de conciencia que emplea en su escritura. Ella misma es un personaje lleno de enigmas, pues ha recibido diversas influencias culturales. Su escritura rompe con muchos de los esquemas de la escritura moderna española o portuguesa, según sus críticos.
Publicó diez novelas. Entre ellas: Cerca del corazón salvaje, 1944. La manzana en la oscuridad 1961, La ciudad sitiada 1949. La pasión según G.H. 1964. El libro de los placeres. Entre otras. Y dos libros de cuentos. Clarice Lispector nació en 1921 en Ukrania y murió en 1977 en Río de Janeiro.

El cuento que a continuación transcribo es, La cena, una pequeña obra maestra.

LA CENA
Por Clarice Lispector

Él entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo el anillo de su fuerza. Se sentó amplio y sólido.

Lo perdí de vista y mientras comía observé de nuevo a la mujer delgada, la del sombrero, ella reía con la boca llena y le brillaban los ojos oscuros.
En el momento en que yo llevaba el tenedor a la boca, lo miré. Ahí estaba, con los ojos cerrados masticando pan con vigor, mecánicamente, los dos puños cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponía platos sobre el mantel, pero el viejo mantenía los ojos cerrados. A un gesto más vivo del camarero, él los abrió tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicó a las grandes manos y un tenedor cayó. El camarero susurró palabras amables, inclinándose para recogerlo; él no respondió. Porque, ahora despierto, sorpresivamente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua –palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olía, moviendo la boca de antemano. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inútilmente vigoroso de todo el cuerpo. En breve llevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobró en un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nuevamente, cuando lo vi detenerse por completo.
Y exactamente como si no soportara más -¿qué cosa?- cogió rápido la servilleta y se apretó las órbitas de los ojos con las dos manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecía. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando desmesuradamente los párpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavía tiene en la boca.
-Este no es el vino que pedí.
La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veía que jamás se podría hacer algo por él, sin obedecerlo.
El camarero se alejó, cortés, con la botella en la mano.
Pero he ahí que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tuviera el pecho contraído y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. Él espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comienza a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo sí comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, participando también no sabía de qué. De pronto se estremece, llevándose la servilleta a los ojos y apretándolos con una brutalidad que me extasía…
Abandono con cierta decisión el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisión. Pero el viejo se demora poco con la servilleta sobre los ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas están extremadamente dulces y cansadas, y antes de que él se las enjugara, vi. Vi la lágrima.
Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consigo encararlo desde el fondo de mi rostro pálido, veo que también él se ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba más. Las gruesas cejas estaban juntas. La comida debía haberse detenido un poco más debajo de la garganta bajo la dureza de la emoción, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasó la servilleta por la frente. Yo no podía más, la carne en mi plato estaba cruda y yo era quien no podía continuar más. Sin embargo él comía.
El camarero trajo la botella dentro de una vasija de hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el camarero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutón que ahora se movía con curiosidad, goloso y atento. Por un momento el camarero me tapa la visión del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta sobrevolando la mesa, vertía vino tinto en la copa y aguardaba con los ojos ardientes
-porque ahí estaba seguramente un señor de buenas propinas, uno de esos viejos que todavía están en el centro del mundo y de la fuerza-. El viejo engrandecido, tomó un trago, con seguridad, dejó la copa y consultó con amargura el sabor de la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinábamos en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobación. El camarero curvó la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salió inclinado, y yo respiré con alivio. Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada más sucedía. El restaurante parecía centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cubiertos; en la dura corona brillante de la sala, los murmullos crecían y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreía con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermosa, el camarero servía con lentitud el vino en el vaso. Pero ese momento él hizo un gesto.
Con la mano pesada y peluda, en cuya palma las líneas se clavaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento.
Dijo con mímica lo más que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no soportara más, dejó el tenedor en el plato. Esta vez fuiste bien agarrado, viejo. Quedó respirando, agotado, ruidoso. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente. Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de náusea. Todo me parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez más bella, se estremece seria entre las luces.
Él ha terminado. Su rostro se vacía de expresión. Cierra los ojos, distiende los maxilares, trato de aprovechar ese momento en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver. Pero es inútil. La gran forma que veo es desconocida, majestuosa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por la fuerza extraordinaria del anciano en ese momento no existe. Él no quiere.
Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la elección. El come lentamente, toma una cucharada y observa correr el líquido pastoso. Lo toma todo, sin embargo hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces ya sin hambre, el gran caballo apoya la cabeza en la mano. La primera señal más clara, aparece. El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Pálido, lo veo llevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo.
Ambos permanecen en silencio en el centro del salón. Quizás él hubiera comido demasiado deprisa. ¡Porque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh! Lo instigaba yo con ironía, cólera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. Ahora los rasgos parecían caídos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse más, con la boca apretada, los ojos cerrados, balanceándose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y envejecer muchos años. Mientras contaba el cambio, hacía sonar los dientes, proyectando el mentón hacia delante, entregándose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento había estado a él que no lo había visto sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no había notado el regreso del camarero con el cambio.
Por fin se quitó los anteojos, castañeteó los dientes, se enjugó los ojos haciendo muecas inútiles y penosas. Pasó las manos por los cabellos blancos alisándolos con fuerza. Se levantó asegurándose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he aquí que, después de liberado de un apoyo, él parecía más débil, aunque todavía era enorme y todavía capaz de apuñalar a cualquiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzó el ángulo luminoso del salón, desapareció.
Pero yo todavía soy un hombre.
Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdí lo mejor que me quedaba, o cuando supe que iba a morir. –Yo no como. No soy todavía esa potencia, esta construcción, esta ruina. Empujo el plato, rechazo la carne y su sangre.
………………

jueves, 8 de julio de 2010

EL CUENTO CORTO


El cuento corto es un género especialmente practicado por algunos cuentistas norteamericanos y también por escritores latinoamericanos.
Voy a poner en este blog, algunos cuentos cortos de diversos autores. Quiero incluir también autores ecuatorianos, para romper con esa costumbre mezquina y local de considerar malo todo lo que escriben nuestros coterráneos. Debe ser una de las razones por las cuales no se conoce fuera del Ecuador lo que se escribe actualmente en nuestro país. Salvo las generaciones del treinta y del cuarenta, de escritores ecuatorianos valiosos, gracias a esa labor generosa de Benjamín Carrión, que ayudó a difundir nuestra literatura y nuestra plástica por el continente. Simplemente en mi blog, publico lo que quiero. Por suerte tengo este único medio para difundir lo mío y lo de otros escritores también, dando preferencia a la ficción, claro.
Espero no me manden a la hoguera por lo que digo, pero yo si creo que mientras más se publique sobre la literatura de un país, mientras más investigación y difusión se haga de lo que se está escribiendo, se puede encontrar y descubrir a los buenos escritores, aquellos que reflejen en su obra las esencias culturales, nuestro lado luminoso y sobre todo, el lado oscuro de una sociedad como la nuestra, que oculta, como decía un amigo, algún secreto incestuoso, algún cadáver bajo el piso. Develar esas culpas, esos complejos sociales, es tarea de los artistas y de los intelectuales.
En el caso del Ecuador, necesitamos espacios en los medios para la crítica literaria. Necesitamos gente especializada en el análisis de la literatura desde diferentes enfoques, creo que existen investigadores y críticos pero faltan los espacios de comunicación. Antes había suplementos literarios en la prensa, ahora se dedica una página o alguna que otra columna, en alguno que otro diario, el fútbol lo llena todo, y las poquísimas revistas literarias que existen, no están al alcance del bolsillo de todos, están escondidas por ahí en algún estante de librería.
Así que voy a poner un grano de arena, y junto a los cuentos de autores extranjeros, buscaré lo más significativo de los cuentistas contemporáneos de nuestro país, para publicarlos en este blog.
Esta vez empezaré con un autor norteamericano, pues en estos momentos estoy dedicada a leer a los extraordinarios cuentistas norteamericanos, transgresores y críticos implacables de su medio, de la hipocresía social norteamericana en épocas pasadas, presentes y futuras.


CAMPAMENTO INDIO

Por Ernest Hemingway

Habían preparado otro bote en la orilla del lago y dos indios esperaban a su lado.
Nick y su padre se colocaron en la popa y los indios pusieron la embarcación en marcha. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después montó para remar.

Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el ruido de los remos del otro bote, más adelante, ya que la niebla le impedía verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.
-¿A dónde vamos, papá? –preguntó Nick.
-Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.
-¡Ah! –dijo Nick.
El bote de tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos desembarcaron, ya estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El indio joven empujó el bote hacia la playa y tío Jorge les dio cigarros a los dos remeros.
Después atravesaron un prado empapado de rocío.
El joven indio iba delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un sendero hasta el camino. Allí había más luz, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El guía se detuvo y apagó el farol de un soplo. Finalmente, avanzaron todos por el ancho camino.
Doblaron una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Más allá se veían las luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las chozas. En la que estaba más cerca del camino había luz en la ventana, y en la puerta esperaba una anciana con el farol encendido.
Dentro, una india joven estaba tendida en una litera de madera. Durante dos días había tratado de dar a luz. Todas las ancianas del campamento la habían ayudado. Los hombres, por su parte, iban a fumar al camino, lejos de allí, por no oír los lamentos de la mujer. Cuando Nick y los dos indios entraron detrás de su padre y tío Jorge, estaba gritando. Estaba acostada en la estera inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La litera superior la ocupaba su marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en pipa. La habitación olía que apestaba.
El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y mientras se calentaba habló con el muchacho:
-Esta señora va a tener un hijo, Nick.
-Ya lo sé.
-No, no lo sabes- prosiguió su padre-. Escúchame. Está sufriendo los llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que ocurre cuando grita.
-Comprendo –asintió Nick.
En ese instante, la mujer lanzó un grito.
-¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá?
-No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen ninguna importancia. No los oigo, porque no tienen importancia.
En la litera superior, el marido se volvió hacia la pared.
La mujer que vigilaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en una palangana. Después sumergió en el agua que quedaba en la olla varias cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.
-Esto tiene que hervir –dijo mientras empezaba a lavarse las manos en la palangana con el trozo de jabón que había traído del campamento.
Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se frotaba las manos. En aquel momento volvió a dirigirle la palabra:
-Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura, aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconvenientes para todos. Quizás tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo sabremos.
Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajar:
-¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo las manos limpias.
Luego, cuando empezó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole exclamar:
-¡Perra india de porquería!
Y el indio que había remado en su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía la palangana al lado de su padre, que tardaba mucho. Finalmente, sacó la criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.
-Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas como practicante?
-Que está muy bien –dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo que hacía el padre.
-Así. Eso es –dijo éste poniendo algo en la palangana.
Nick apartó la mirada de nuevo.
-Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.
Nick no contempló la operación. Había perdido toda curiosidad…
Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se pusieron de pie, Nick llevó la palangana a la cocina.
Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena del mordisco.
-Te pondré un poco de peróxido, Jorge –le dijo el médico.
Luego se inclinó sobre la mujer, que estaba muy pálida y quieta y con los ojos cerrados.
Había perdido el sentido.
-Volveré por la mañana –explicó el doctor, poniéndose de pie -. La enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.
Estaba muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol en los vestuarios después del partido.
-Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge –manifestó -.¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser la herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!
Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.
-¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre –afirmó.
-Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente, son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque hay que reconocer que se portó bastante bien.
Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio, sacó la mano mojada. Entonces se subió al borde de la litera inferior y miró la otra con la ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo de oreja a oreja, le atravesaba el cuello. La sangre formaba un charco la parte del lecho hundida por el peso del cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las mantas.
-Haz salir a Nick, Jorge –dijo el doctor.
Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la cocina, había visto la litera cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la cabeza del indio.
Empezaba a clarear cuando regresaron al lago por el camino de los leñadores.
-Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nick -dijo su padre. Le había desaparecido la alegría que había sucedido a la operación-. Ha sido algo espantoso y poco conveniente para ti.
-¿Siempre sufren tanto las mujeres cuando dan a luz? –preguntó Nick.
-No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.
-¿Y por qué se suicidó él, papá?
-No sé. No habrá podido aguantar lo que vio, supongo.
-¿Se suicidan muchos hombres en casos como este?
-No muchos, Nick.
-¿Y muchas mujeres?
-Es raro.
-¿No se suicidan nunca?
-¡Oh! Sí. A veces lo hacen.
-Papá…
-¿Qué?
-¿Adónde fue tío Jorge?
-Volverá enseguida.
-¿Se sufre mucho al morir, papá?
-No, creo que no, Nick. Depende…
-Luego se sentaron en el bote: Nick en la popa y su padre en el centro, remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el agua, que estaba tibia a pesar del frío matinal.
En el lago, sentado en la popa del bote, en aquella hora temprana, mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca moriría…

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ERNEST HEMINGWAY: Nació en Oak Park, Illinois, en 1891. Conocido por sus novelas: Adiós a las armas, Por quien doblan las campanas, El viejo y el mar…Hemingway es más complejo y certero en sus cuentos, y sobre todo en el cuento corto. Observador agudo de los seres humanos, de sus acciones y de su entorno, Hemingway recrea sus tramas, extrae momentos cruciales e imágenes de la realidad vivida. Participó en las dos guerras mundiales y en la guerra civil española, como integrante de la cruz roja, soldado y corresponsal de guerra. Digno representante del realismo norteamericano, mientras vivía en París se unió a escritores que pertenecieron a la llamada generación perdida: Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein.Vivió en Cuba muchos años, antes y después de la revolución. Se suicidó en 1961, mientras vivía en los Estados Unidos. Obtuvo el premio Nobel en 1954.

viernes, 18 de junio de 2010

José Saramago se ha ido

A los 87 años fallece el escritor portugués afincado en España. Mucho habrá que comentar sobre su obra y su postura como pensador del tiempo que le tocó vivir.
Aunque he leído sólo tres libros de su vasta obra, quedo en deuda con este escritor, una inmensa figura de las letras en el anterior y en el nuevo siglo.
El autor de: Memorial del Convento, El cerco de Lisboa, El hombre duplicado y sus ensayos sobre la ceguera y sobre la lucidez..., ha tomado el camino del "no regreso", nuestro homenaje a la memoria de José Saramago.

viernes, 23 de abril de 2010

Dos comentarios críticos sobre la película El sol

A continuación les introduzco en la lectura de dos comentarios críticos sobre la película de animación, El sol, de Ayar Blasco, largo metraje con el cual participó tanto en el festival de Rotterdam como en el Bafici de Buenos Aires, y espero, de próxima presentación en algún festival de Quito.
En este caso por mi relación cercana con el director y autor de la película, no quiero dar mi opinión, prefiero que lo hagan estos dos jóvenes escritores y artistas argentinos que intervinieron en la construcción de la película: Mario González en el trabajo de animación y Rodrigo Terranova en la música que sirve de fondo a El sol.

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Comentario de Mario González
Hola.
Por mi parte, la película me pareció excelente la segunda vez que la vi, el jueves estaba cebado mirando detalles, buscando errores o corroborando que la animación esté bien (Ese día quedé muy satisfecho con la animación, pensé que iba a ser dura, pero me pareció que no, la música y las voces le dan toda la vida a la película. Pero ese día como que la trama la pasé por alto, encima estaba cebado porque estaba cansado de ver una y otra vez las escenas sueltas durante todos los años de laburo). Recién el sábado me senté, la vi distendido y me pareció muy buena. Después noté que hay un hecho que también tuvo que ver con cómo miré la película cada día (cosa que también mi novia notó), el tipo que habló antes de la película el sábado la vendió mejor que el que habló el jueves (o “distinto”, se podría decir, pero para mi fue mejor la del sábado). El jueves se presentó una película con malas palabras y escatología ( ? ) y el sábado se habló de una película apocalíptica, se habló de destrucción post-destrucción. Se vendió una película totalmente diferente, y comenzás a verla con otros ojos.Creo que ese es un error muy grande, el de mostrar una obra con un manual de instrucciones. ¡Es arte! No puedo aceptar que alguien pregunte “¿Qué quisiste decir con el final?” (Debería preguntarlo en el caso de que quiera compararlo con su propia interpretación, como quien va a las páginas finales de las revistas de crucigramas para ver si la respuesta que escribió está bien y no a ver cuál es la respuesta). Imaginate que un tipo le pregunte la simbología de Chihiro a Miyazaki en un festival, lo menos que harían es mirarlo con mala cara. Pienso en cualquier tipo de expresión artística con manual explicativo y el arte desaparece. Bajo ese pensamiento de que todo tiene que estar mecánicamente explicado se anula cualquier vanguardia artística y se encasilla de idiotez al movimiento surrealista y a la metáfora en general, y al arte propiamente dicho, que es metáfora, no teoría. (Conste acá que he visto películas que no me dijeron nada y las he criticado como apreciación personal, pero no convertí eso en un axioma, porque entre un gusto particular y una crítica real de si algo está bien o mal hecho con fundamentos hay una larga distancia. Hay miles de películas de las que podría pararme entre amigos a decir “¿Qué mierda es eso?”, incluyendo a David Lynch o los Hermanos Coen por tirar nombres “famosos”, pero nunca me puse a analizarlos demasiado y quizás no esté preparado, por lo cual no me atrevo a ser opinologo sobre eso, del mismo modo que me gustan autores como Artaud (por poner un ejemplo) y alguien viene y me dice que no le entiende nada, así yo no entienda nada de muchas cosas, no por eso tienen que estar mal.Calentarse por explicar todo detalladamente es renegar un poco del estilo de la película (es como pretender explicar al “Perro chiquitito” de chimiboga). Uno puede “aburrirse” en el final o enojarse porque bajó el humor, quizás porque va con expectativa chimiboguense de que todo el tiempo hay que hacer chistes y todo tiene que tener una lógica. Y ahí es donde uno tiene la obligación de elegir entre la “cultura de masas” y la “cultura de elite” (Es como Luis Almirante Brown de Capusotto). Estoy convencido de que la película es buena, en especial el final (y la obra de teatro que es excelente), y me enorgullezco de quienes la valoraron positivamente, entendiendo su delirio, recalcando al mimo y a las papas (en lugar de la puteada y el chiste fácil) y a los que la pidieron para festivales. Inclusive hubo veces que en ciertas obras lo enorgullece a uno que haya personas que no la entienden, no porque sean inentendibles, sino porque requiere un poco de entendimiento su interpretación, sin dejar todo servido al espectador pasivo. No hay que bajar el arte para que sea entendible para todos, hay que motivar a todos a crecer mentalmente para que entiendan lo sublime que hay en ciertas obras (no hablo de sublimidad en el “El Sol”, hablo en términos generales).Desde el vamos la película me parecía un delirio medio absurdo, que hasta decía “pucha, le falta profundidad” o “en que mierda estoy laburando?!”, y al verla el sábado, me di cuenta que la tiene, y por fín estoy tranquilo con lo que salió.He aquí mi humilde opinión, intentando mostrar el panorama desde mi punto de vista, para no ver la película editada y hecha mierda para que la gente se ría todo el tiempo. Ahora bien, desde este punto de vista, para no hablar por hablar, el final me gusto porque cada cual lo puede interpretar de la forma que quiera, pero no con la libertad de mandar verdura, sino a través de indicios que están en toda la película. Esta es mi interpretación sobre por qué se busca un Mesias: es por lo mismo por lo cual se lo busca ahora. Si se lo busca en el mundo actual donde la desesperación existe, pero aún nos regimos como sociedad y no estamos totalmente deshumanizados; en un mundo más devastado donde la soledad del individuo es mayor junto con su desesperación y donde el mundo se acabó, pero la gente sigue viva paradójicamente, es obvio que algunos desesperados van a seguir buscando una justificación celestial para salvarse del mundo, de la muerte y del sufrimiento humano, y lo van a encontrar como siempre en falsos ídolos como el enano ese. Sobre el final, por un lado desde el título (El Sol), el desierto, los trajes refrigerantes, la falta de agua (que se ve en la escena del ciber donde la sacan con un aparato), se nos muestra explícitamente la carencia de agua, y la tormenta final es la muestra (esperanzadora si se quiere) de que el agua fluye nuevamente en el mundo, las plantas crecen (en el escenario que se ve en las alucinaciones de once) y el Sol sale. (El eterno retorno de Nietzsche… el constante fluir de las cosas de los presocráticos como Heráclito… el poder de la naturaleza eterna que sobrevive al ser humano que muere, pero el mundo sigue, etc, etc, etc)El mimo es quizás más rebuscado. Lo que dijo Ayar de que es una mezcla entre papa y humano es una respuesta lógica (quizás fue una respuesta casual, pero lo felicito), conozco varias personas que lo pensaron, tiene el pelo de papa, se cubre la cara, pero tiene forma antropomorfa, así que se entiende. El personaje (y acá hay un rebusque mío, que lo cuento para que vean mi interpretación) es como el Inmortal que aparece en muchas historias y cuentos (incluyendo en el cuento homónimo de Borges), ese ser eterno y solitario (pues su existencia sobrepasa la existencia de cualquier persona), que ve tristemente como se muere la gente que conoce y el sigue (eso se ve claramente, con la amistad con Once y la Morocha, que ellos desaparecen y él sigue vivo, intentando llamarle la atención a las papas que no le dan bola porque viven en su mundo papero). Es el personaje trágico de la historia (Lo asocio con Sísifo, de la mitología griega, que está condenado a levantar una roca hasta una montaña, se le cae, baja y la sube de nuevo, por la eternidad… en este personaje se basa la filosofía de la vida absurda de Albert Camus). Además puede ser tomado como una especie de “Dios triste”, un Dios eterno e impotente que ve cómo el mundo que le pertenece se destruye y no puede hacer nada, que vive en una empresa gigante y desolada. Encima es un Dios que no tiene diálogo con los humanos, porque no habla y usa los gestos (que son una especie de simbología, como lo son los libros relacionados con los dioses como la Biblia) para comunicarse con ellos (de ahí que es mimo).Disculpas si me cebé, es como para demostrarte que da para ese tipo de voladuras, que con imaginación se puede interpretar (lo cual nos motiva a no acostumbrarnos a que nos vendan todo servido y a ejercitar la mente, para luego votar con conciencia en las próximas elecciones, je).La película es buena, porque tiene esto y porque te cagas de risa. No hago la crítica de lo gracioso, porque es obvio que es graciosa, la gente se caga de risa acá y en Europa. La gente de la película es como la gente real: hay extremista (bonitos), tipos agresivos que tendrían que ser los buenos supuestamente (poses), politicos corruptos, religiosos, sectas, tecnología, rutas, tetas, un mimo, papas… Todo!SaludosMagrio-------------------------------------------------------------------------------
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Comentario de Rodrigo "Terranova"

Llamémosle crítica de “El Sol”
Hola, amigo:
En más de algún medio te vi decir “una peli con acción residual” y solo lo comprendí cuando lo viví. Fui con un compañero, estudiante de la FUC con el que compartimos charlas de cine y escribimos guiones cada tanto, solo por diversión. Las expectativas existían, pero en su caso, al finalizar la película, me comentó que las tenía muy bajas (convengamos que no vio Mercano ni Chimiboga) y que a partir de la primera media hora “entendió todo” y la disfrutó de lleno. Por mi parte esperaba una continuación de las animaciones de Chimiboga (solo en esos casos vale la pena “esperar”) y me llevé una buena sorpresa al encontrarme, no solo riendo, sino, pensando en más de una escena y sintiendo cosas extrañas de “No se explicar que fue eso, pero que bueno estuvo”, sensación que hacia el final de la peli tiene su clímax absoluto, algo que me hace dudar de la crítica más inmediata que se limitó a hablar de la cantidad de puteadas que hay, teniendo entre sus diálogos frases tan grandes como “Donde hay agua hay animales, donde hay Internet hay humanos” o escenas tan memorables como el teatro de mutantes o el mini-documental sobre la evolución de las papas.Los personajes (a diferencia de Mercano) caen bien sin ninguna pretensión extra, tienen un realismo “épico-barrial” que dejó de lado esfuerzo alguno para diferenciarlos. A Suppa lo podríamos encontrar a la vuelta de la esquina de nuestra casa, y no importa si es un chiste interno, uno lo está conociendo ahí, igual que el mini-Rovella o el Ratón Miquei. Las voces salen exitosas, especialmente la de Once, que tiene una naturalidad que te hace olvidar que estas viendo un dibujo hecho en Flash. La música es esencial para la película y sabe complementarse, especialmente la escena final, igual que algunos sonidos particulares, como el de las máquinas de Internet o los vehículos. Solo sentí molestia en los primeros 20 minutos, donde el sonido me parece que falla.La sensación general que me dio fue de frescura, y para salir de ese cliché, me refiero a la sensación de haber visto algo “distinto” pero que a la vez cae bien, porque carece de excentricidades o de ambiciones que van más allá de lo que simplemente es. Queda una sensación barroca de collage y de haber visto muchas cosas en poco tiempo, y dan ganas de recordarlas todas para después compartirlas, por eso creo que la mayoría de los que la vieron quieren verla de nuevo. La película, en general me recuerda al modo “swing” de escribir que tenía Jack Kerouac, eso que Gary Snyder define como “Escritura espontánea y todo eso”. Si, había un guión, pero las cosas que suceden mientras uno crea un mundo nuevo no salen ahí (Como por ejemplo, el dr. Tangalanga leyendo diálogos que no eran los suyos), y cuando eso se nota en la pantalla, uno siente que está viendo algo real, para nada forzado.Yo se lo que costó, y también que toda esta parte da muchos nervios, pero ya pasó, y el verdadero éxito esta vez no viene de ninguna crítica “especializada”, sino de las personas sensibles que se dejaron llevar por el mundo de “El Sol”. Los verdaderos sobrevivientes de Poblar.Y con eso y todo, creo que le va a ir bien con el gran público, tiene todo mi apoyo psico-moral y por lo que vi, de muchos más.Me quedo pensando en ese final miyazakista, y en las personas que lo criticaron como algo disconexo, ¿es posible criticar lo personal?, como en la escena de cierta película, donde un personaje, desde un pasillo en llamas gritaba a otro: “Estas viendo el interior de una mente”, eso es lo que vimos, y es imposible de describir. Como dice Auster en “La invención de la Soledad”, “La vanidad de intentar decir algo de alguien”. Me tomo esa vanidad para decir solo una cosa más: Me encantó!Un abrazo! Rodrigo “Terranova”