sábado, 9 de julio de 2016

POESÍA DE BRUNO SÁENZ



Bruno Sáenz Andrade, es una de las importantes voces poéticas del Ecuador, nacido en Quito (1944), de larga trayectoria en el ámbito intelectual y literario nacional. Miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Ha publicado ocho libros de poesía, tres libros de teatro, uno de relatos cortos y uno de ensayos. Parte de su producción poética consta en antologías nacionales y extranjeras.
Los poemas que aparecen a continuación, han sido tomados de su libro, La noche acopia silencios, publicado este año por Eskeletra Editorial.


NATURALEZA CON AUTOR Y TESTIGO

Soporto con mis ojos el jardín, la llovizna, el anuncio del gozo solar de las alturas.
Copia la levedad del tiempo la presencia fugitiva del cuerpo,
la siega y la cosecha de la contemplación.  
No me toca indagar por la pluma del ángel
suspendido entre el cielo y la fecundidad prodigiosa del limo,
por la emoción serena o turbia del paisaje,
su condición magnánima, el destino propicio a la casa y al huésped.
Mía es la vocación de adelantado y guía de la conquista espléndida, del universo entero.
He de dar una forma, un nombre a los rincones del mundo sometidos al yugo de mi planta.
(A mi pesar, la vista se demora, se abisma.
Considera la imagen apenas existente, la memoria dichosa de un Edén entreabierto.
Somete sus designios al secreto diseño de la Mano dispuesta a pintar con un trazo
el lienzo magistral y la pupila absorta de aquel que lo atesora).

JARDINES DE LA MORADA

Ha pasado por mi oído la cabalgata del agua.
El silencio ha sucedido a la confusión de voces, a los pasos desatados.
Cesan también la abundancia de la sílaba y el verbo.
La lengua solo mantiene la memoria desvaída de un sabor, de una palabra.
Bien vale ver cómo llega la sensatez con la tarde,
con las hogueras menguantes del vigor y de los años.
Abandono la hoja blanca. Me aproximo a la ventana.
Desde mi celda de piedra, la imaginación se atreve a encerrar detrás de un vidrio
al árbol y las retamas y la espina de la mora,
a los aires donde aún pesan la respiración salvaje,
la ardua escritura del casco, la humedad de la estampida.
Como quien cuenta las letras o repite balbuceante las líneas del silabario
leo la página abierta.  
La punta fértil del lápiz olvida cómo se traza la voz “jardín” o bosqueja
la copa blanca del lirio.
Dejo la seguridad de los cimientos, del muro. Piso la tierra aliviada del tablón y de la losa.
Desde el suelo me acompaña el eco de los andares silenciosos de los muertos.
Ni sus almas de ceniza ni mi estatura de barro sienten la necesidad de pronunciar un vocablo.
¿Quién le devuelve a la boca el gusto, el significado?
¿Quién, la llegada a la senda, el calzado al caminante?


CALLE Y TRANSEÚNTE

La he recorrido durante años. Solo la reconozco si voy de oriente a occidente, cuando cae la noche. (En sentido contrario, a plena luz, no es sino la salida de la casa al barrio familiar). Los adoquines de la calzada roban un poco de claridad de los faroles, pero la calle prefiere las manchas de penumbra, se identifica con ellas. Ya no conduce a las paredes y tejados, a los caminos cercanos. (Una de mis páginas ha intentado recoger el misterio de la vía que no va a un lugar conocido ni se apresura a parte alguna…)
Si la cinta de asfalto y de piedra simula la fuga a un mundo ajeno, a un abismo magnífico, irresistible, mi prudencia ha de escoger la seguridad del refugio. Detengo mis andares al llegar a mi puerta. Cuando me decida a continuar, lo sé, va a desvanecerse la ilusión. Hallaré un giro de la ruta a la izquierda, un vuelco opuesto a la derecha, el alivio estruendoso de un automóvil, una ventana iluminada. Tal como ocurriría por la mañana o a mediodía…
Imagino ahora la figura de un hombre, la mía. Da un paso más allá del atardecer, de la cordura. Enfrenta la revelación del vacío, la niebla, lo ignorado. No se detiene. Repite la zancada. Hacia adelante…
Dejo que parta la sombra de mi sombra.


ODISEO

Cedo el timón a las manos anónimas de un marino.
Rey, me ausento de las ruinas, de las salas devastadas, de la moneda de cobre. Dejo la isla a la avidez o al juicio de mi heredero. 
Navegante, me sujeto al instinto y la pericia del capitán de la nave.
Hace frío. He preferido cubrir la suma temible de los años con los pliegues cínicos de la razón y las vueltas de una capa.
Comparo con mi talante inusualmente sereno la impaciencia de los hombres, la voz sin tino del viento.
No ha de quitarme el sosiego el llanto de las sirenas.
No he de amarrarme al madero para ignorar sus lamentos, la queja desgarradora de un hambre jamás saciada.
No me intimida el encono enamorado de Circe. Se demora su deseo junto al recuerdo del héroe, la mentira de una sombra.
Ha olvidado mi equipaje el sudario de mi padre, tejido por la constancia de una mujer cuyo rostro queda grabado en la hondura memoriosa de mis ojos.
La nostalgia no se allega por fuerza al solar paterno: exige arenas distantes, ignoradas geografías, horizontes que se aferran a los bordes del abismo.
Hay obstáculos más francos que las murallas de Troya.
Mi reflejo en el escudo vale bien las amenazas de un Héctor exacerbado.
No es lícito en adelante volver atrás la mirada, desviarla de la ruta inexorable del remo.


EPITAFIO PARA UN LETRADO

La lente mejor pulida, la pupila inquisitiva,
la sapiencia minuciosa del filólogo y la lengua
desbocada del profeta
no bastan para leer las letras ya desvaídas de mi patria y de mi nombre,
las fechas de mi dudoso nacimiento, de mis pasos
de niebla por este mundo,
la ocasión de la segura tala del árbol torcido, de la apariencia de mi alma.
Mejor conservan sus títulos los lomos de los tratados,
las obras de los maestros que pusieron en mi lengua la sílaba, los vocablos,
la tinta de la saliva.
No escojas, lector, las líneas obscenas del principiante.
Reclama el libro decrépito, escrito con el estilo sobre el cilindro de barro,
el pergamino mordido por el hambre del gusano,
la desmemoria del tiempo.
¡Cierra la página blanca!

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